Cuando todos pensaban que la política venezolana no podía ponerse más extraña, llega el gobierno provisional y firma un acuerdo petrolero con el Tío Sam que nadie entiende. El resultado es un descalabro de opiniones digno de un programa de chismes. La nación entera se pregunta si acaban de vender las joyas de la abuela a cambio de un par de espejitos y promesas de prosperidad futura.
Una encuesta reciente revela que el país está más partido que una piñata en pleno cumpleaños. Un 38% de los venezolanos le hace la cruz al acuerdo, mientras que un 35% lo apoya con la fe de quien reza para que su equipo gane la copa. El 27% restante está en la categoría de «no sabe, no contesta», probablemente porque siguen buscando la cámara escondida o tratando de leer la letra pequeña del contrato.
El meollo del asunto es que la mitad de la población (un 50%, para ser exactos) sospecha que Estados Unidos se llevará la tajada más grande del pastel, dejando a Venezuela con las migajas. Apenas un optimista 10% cree que su país saldrá ganando, y un 28% piensa que el beneficio será parejo, seguramente los mismos que creen en los unicornios y en las dietas que funcionan comiendo postres.
Para añadirle más leña al fuego, casi la mitad de los encuestados (47%) considera que la presidenta en funciones, Delcy Rodríguez, no tiene ni la legitimidad para negociar el menú del almuerzo, mucho menos para firmar acuerdos sobre los recursos del país. A pesar de todo, su índice de desaprobación bajó un poquito, pasando a un 60.5%, lo que equivale a pasar de «reprobado con honores» a simplemente «reprobado».
Incluso la líder opositora, María Corina Machado, quien era más popular que el pan caliente, vio cómo su imagen se desplomaba 19 puntos. Al parecer, cuestionar la autoridad del acuerdo pero sin criticarlo directamente fue tan confuso como tratar de armar un mueble sueco sin instrucciones. Su popularidad cayó más rápido que una promesa de político en campaña.
Al final, con más de 65.000 millones de barriles de crudo en juego, la única certeza es la confusión. Mientras los políticos juegan a las sillas musicales con el futuro del país, el ciudadano de a pie sigue esperando a ver si todo este embrollo al menos servirá para que baje el precio de las arepas. No aguanten la respiración.





