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Álvarez regresa al West Ham para convertir la Championship en su patio de juegos

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El West Ham de Edson Álvarez inicia su temporada en la Championship este domingo 16 de agosto a las 9:00 horas contra el Burnley, un duelo entre dos equipos recién bajados de la Premier League que buscan recuperar el rumbo con la urgencia de quien pierde el autobús y decide correr detrás. Ambos clubes llegan con la tarea de reconstruir credibilidad tras campañas irregulares que los mandaron a segunda división, aunque los Hammers parten como claros favoritos gracias a una plantilla que conserva talento de primer nivel.

El equipo londinense cuenta con Jarrod Bowen, Valentin Castellanos, Mavropanos y Areola, todos con experiencia en la máxima categoría, y ahora suma el regreso de Álvarez tras su préstamo en el Fenerbahce para reforzar el mediocampo. La temporada ya arrancó con una victoria 3-1 sobre el Portsmouth en la Copa de la Liga, un resultado que confirma que los Irons no llegaron a la Championship para hacer turismo. Mientras tanto, el Burnley regresa tras solo un año en la Premier, donde sumó apenas 22 puntos y cuatro victorias antes de terminar en el puesto 19. Su falta de contundencia y problemas para sumar en partidos clave los obligan a replantear todo desde cero.

El encuentro promete ser un choque de estilos donde el honor deportivo y la presión por el ascenso se mezclan con la necesidad de resultados inmediatos. West Ham ya venció al Burnley en ambos duelos de la temporada pasada, y ahora busca repetir la dosis frente a un rival que necesita ganar para no quedar fuera de la pelea por el regreso a la élite. La transmisión estará disponible en ESPN y Disney+ para quienes quieran ver cómo dos equipos intentan escalar de nuevo sin que el orgullo se les quede en el vestidor.

Al final, el partido funciona como un recordatorio de que el fútbol inglés castiga rápido y recompensa más rápido aún a quienes llegan con plantilla sólida y ganas de pelear. West Ham parece listo para dominar la segunda división mientras el Burnley trata de evitar otro tropiezo que lo convierta en el equipo que nadie recuerda al final de la temporada.

Café colombiano se queda varado mientras el Pacífico se pone quisquilloso

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Pues sí, señores: el café colombiano, ese néctar que mantiene despiertos a medio planeta y a más de una suegra de mal humor, decidió tomarse unas vacaciones forzadas en Buenaventura. Resulta que un terremoto de 7.4 —de esos que no piden permiso ni avisan por WhatsApp— sacudió el suroeste del país, dejó un reguero de destrozos y, de yapa, mandó a inspeccionar la terminal portuaria como si fuera un elevador sospechoso en edificio viejo.

Germán Bahamón, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros y hombre que ahora mismo debe estar contando sacos en sueños, salió a aclarar el panorama con la calma de quien explica que se inundó la cocina pero el restico de la casa sigue en pie. “Buenaventura está en pausa mientras revisan que no se caiga nada y despejan los derrumbes de las vías”, vino a decir. Traducción libre: el café se quedó mirando el océano Pacífico con cara de “¿y ahora cómo salgo de aquí?”.

Lo bueno —porque siempre hay un “lo bueno” aunque sea con sabor a tinto aguado— es que Cartagena y Santa Marta siguen despachando como si nada. El Caribe, siempre más fiestero, no se inmutó. Así que el café colombiano no desapareció del mapa: solo cambió de puerta de salida, como quien evita el tráfico del centro y se va por la periferia.

Sucafina, una de esas compañías que mueve granos como si fueran fichas de dominó millonarias, ya había advertido que por las zonas productoras el transporte anda “significativamente restringido”. O sea: camiones haciendo zigzag entre derrumbes, conductores inventando rutas dignas de rally y el café sudando la gota gorda antes de ni siquiera tostarse.

Colombia, tercer productor mundial después de Brasil y Vietnam, y rey indiscutible del arábigo lavado, tiene 840.000 hectáreas de cafetales y unas 540.000 familias que dependen de que esa confusión aromática llegue sano y salvo a las tazas del mundo. Catorce millones de sacos al año no se improvisan. Y aunque la Federación jura que la capacidad exportadora sigue en pie y que el control de calidad no se negocia ni con temblor de por medio, lo cierto es que Buenaventura está temporalmente de brazos cruzados.

Nadie dice cuántos sacos se quedaron haciendo fila ni cuándo reabren la puerta del Pacífico. Por ahora, el café colombiano saldrá por donde pueda, con la dignidad de quien se cae, se sacude la tierra del delantal y sigue sirviendo tinto. Porque si algo no se detiene ni con terremoto es la necesidad ajena de cafeína… y el orgullo cafetero de no dejar a nadie dormido.

La economía mexicana promete crecer dos por ciento el próximo año siempre que el T-MEC se alargue otros dieciséis años y se vea el plan de infraestructura en marcha.

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El crecimiento de las exportaciones mexicanas sigue atado al desempeño de Estados Unidos como si fueran siameses económicos. Ruiz espera que la economía del vecino registre un avance de uno punto ocho por ciento, suficiente para seguir jalando mercancía mexicana. Esa dependencia parece más un matrimonio por conveniencia que una relación sana entre países.

Las exportaciones se concentran en maquinaria y equipo de cómputo, cadenas con poco valor agregado de la manufactura local. Ese detalle limita el impacto real en el bolsillo de la gente común. Mientras tanto, el pronóstico para este año subió a uno punto tres por ciento, una corrección al alza desde el uno punto uno anterior.

Felipe Juncal, economista para América Latina de Citi, sugirió que otros analistas del mercado podrían copiar esta revisión optimista. El segundo trimestre de este año mostró un efecto positivo gracias al repunte en la construcción durante abril. Sin embargo, los datos adelantados del tercer trimestre, como la confianza del consumidor y el desempleo, indican que no hay aceleración sostenida a la vista.

Al final, los economistas parecen adivinos que condicionan sus pronósticos a plazos eternos y obras invisibles. Si el T-MEC se estira tanto, quizá alcance para que los nietos de los actuales funcionarios celebren el crecimiento. Mientras tanto, la economía mexicana sigue bailando al ritmo que le marquen desde el norte.

Venezuela resucita el crédito para autos, pero con más requisitos que para entrar a la NASA

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En una noticia que suena a capítulo perdido de una serie de ciencia ficción, el crédito al consumo ha decidido hacer una reaparición fantasmal en Venezuela. Después de casi una década en la que la única forma de pagar era con un maletín de billetes o vendiendo un riñón, la idea de comprar algo a plazos ha vuelto del más allá. El primer zombi en salir de la tumba ha sido el financiamiento de vehículos, demostrando que la prioridad nacional es, evidentemente, tener un carro nuevo para hacer cola en la gasolinera.

El que pateó el tablero fue Cashea, una aplicación con un modelo que básicamente significa «lléveselo ahora y rece después para poder pagarlo». Su éxito fue tal que los bancos, que llevaban años hibernando en sus bóvedas, se despertaron de su siesta y decidieron unirse a la fiesta. Ahora, entidades como BBVA Provincial y Banesco te ofrecen financiarte un carrito nuevo, eso sí, con una lista de condiciones más larga que un discurso de Fidel Castro.

Aquí es donde empieza la diversión. Los bancos financian hasta el 70% del valor del vehículo y te dan hasta 48 meses para pagar. Pero el truco está en que el préstamo se calcula en «Unidades de Valor de Crédito» (UVC), un trabalenguas financiero que se ajusta con la inflación para asegurarse de que, pase lo que pase, el banco nunca pierda. Además, te obligan a contratar un seguro para el carro y otro para tu vida, por si acaso se te ocurre no poder pagar.

Pero no solo los bancos quieren su tajada. Los concesionarios como JAC Venezuela han pasado de vender el 2% de sus carros a crédito a un impresionante 18%, con un aumento en las solicitudes del 250%. Han lanzado planes con nombres tan pintorescos como «Llévate lo Fiado», que suena a eslogan de tienda de electrodomésticos de los años ochenta. Te piden iniciales del 20% o 30% y prometen aprobarte el crédito en menos de 48 horas, un tiempo récord en un país donde la burocracia es un deporte olímpico.

A pesar de este aparente milagro, no nos engañemos. El crédito en Venezuela sigue siendo el más pequeño de América Latina. Conseguir un préstamo para una casa o para gastos personales es más difícil que encontrar un político honesto. El financiamiento automotriz es apenas un laboratorio, un experimento para ver si la economía no explota en el intento. La gente se está endeudando para comprar camionetas como la JAC Arena o la pick-up «La Venezolana», que cuestan entre 14.700 y 20.000 dólares.

Así que, mientras la economía venezolana ensaya su regreso al mundo del crédito, el ciudadano de a pie ya puede cumplir el sueño de endeudarse por un vehículo reluciente. Para todo lo demás, como comprar comida o una casa, todavía tendrá que seguir confiando en la lotería, la herencia de una tía lejana o, simplemente, en la fe.

La guerra vuelve a ser un gran negocio y en Alemania descorchan el champán a bordo de un submarino

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Parece que el viejo y rentable negocio de la guerra ha vuelto a ponerse de moda en Europa, y nadie está más feliz que los alemanes de TKMS, el mayor constructor naval del país. La compañía, que hasta hace poco era un apéndice del conglomerado Thyssenkrupp, ahora nada en un mar de dinero gracias a que los gobiernos europeos se han acordado, después de décadas de siesta pacifista, de que tener una marina de guerra es más útil que tener una colección de sellos.

El pánico armamentístico es tal que TKMS ha tenido que revisar al alza sus previsiones de ventas por segunda vez este año, ahora esperando un crecimiento de hasta el 12%, una cifra que hizo que sus acciones se dispararan otro 12%. Los contadores de la empresa deben estar sufriendo calambres de tanto borrar y reescribir números cada vez más optimistas. Es la prueba definitiva de que no hay nada como un buen conflicto geopolítico para reactivar la economía industrial.

El catálogo de productos de TKMS parece una lista de deseos para un almirante con presupuesto ilimitado. Venden submarinos no nucleares (muy alemanes en su eficiencia), fragatas, corbetas, torpedos y hasta drones submarinos. La demanda es tan alta porque, tras años de recortes después de la Guerra Fría, las flotas europeas estaban tan oxidadas y mermadas que corrían el riesgo de ser derrotadas por una flota de patitos de hule bien organizada.

Y esto, según los expertos, es solo el principio del festín. Los pedidos no paran de llegar. Alemania y Noruega quieren más submarinos del Tipo 212CD, Singapur del Tipo 218SG, y hasta Canadá está haciendo fila para encargar su nueva flota. El negocio de submarinos de la empresa ya ha cuadruplicado sus beneficios, demostrando que lo que de verdad da dinero no es lo que flota a la vista, sino lo que se esconde bajo el agua.

Así, mientras los políticos hablan de paz y seguridad con cara de preocupación, en los astilleros de TKMS probablemente están más ocupados diseñando portavasos de lujo para sus nuevas fragatas. La rápida transformación de la compañía es un recordatorio de que, aunque la guerra sea un infierno, para algunos siempre será una oportunidad de negocio celestial. Y en este caso, es un negocio que va viento en popa.

El banco Plata te lanza un 15% de rendimiento, pero con más condiciones que un contrato de telefonía

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En el salvaje oeste de las finanzas mexicanas, un nuevo vaquero ha llegado al pueblo. Se llama Plata, un banco que hasta hace poco era solo una fintech, y viene disparando ofertas para atraer a los sedientos ahorradores. Su nueva bala de plata es «Ahorro Ultra», un producto que promete un jugoso rendimiento del 15%, un número que no se veía desde que las abuelas guardaban el dinero debajo del colchón y milagrosamente se multiplicaba.

Pero como en toda oferta demasiado buena para ser verdad, aquí viene la letra chiquita, esa que parece escrita por hormigas. Este glorioso 15% aplica una sola vez por cliente, sobre un monto máximo de 25.000 pesitos de nada y por un plazo de 60 días. Es, básicamente, una probadita de la buena vida, un breve viaje a primera clase antes de devolverte a la sección económica del avión, donde la institución ya bajó su tasa normal del 12% al 9%.

Esta táctica no es nueva en el ecosistema financiero, que parece más una jaula de pelea que un mercado. Plata se une a la famosa «guerra de tasas», una batalla campal entre bancos digitales y fintechs para ver quién le arrebata los clientes a la banca tradicional. Su objetivo son los casi 6 de cada 10 mexicanos que todavía confían más en las tandas o en su alcancía de cochinito que en dejarle su dinero a un banco que no les da ni las gracias.

La fiesta de los rendimientos estratosféricos comenzó en 2023, cuando el Banco de México puso la tasa de interés por las nubes. En ese entonces, varias empresas se volvieron locas ofreciendo hasta un 17%. Pero como toda buena parranda, la resaca era inevitable. Ahora que Banxico ha empezado a bajar la tasa, esas ofertas se han ido moderando, llenándose de asteriscos, metas de compras y plazos forzosos.

En este campo de batalla, Plata es todavía un peso pluma, con apenas el 0,20% de los depósitos bancarios del país. Su estrategia parece un grito desesperado para llamar la atención frente a gigantes como Nubank, que usó la misma carnada y amasó una fortuna en depósitos. Es una jugada audaz para convencer a la gente de que su dinero estará mejor con ellos que en ese sobre escondido en el ropero.

Así que, mientras las instituciones financieras se sacan los ojos por nuestros escasos ahorros, el ciudadano de a pie debe convertirse en un estratega. La oferta de Plata es tentadora, pero es un romance de verano que durará solo dos meses. Después, habrá que buscar el siguiente amorío financiero o resignarse a que nuestro dinero genere menos interés que un discurso político.

Un argentino predice que su acción valdrá 500 dólares y que los robots dominarán la Patagonia

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Hay gente que se levanta optimista, y luego está Emiliano Kargieman, un tipo que desayuna café con combustible para cohetes. El fundador de Satellogic, cuya acción ha subido un 180% este año, mira su cotización de 5 dólares y, sin que le tiemble el pulso, anuncia que debería valer 500. Es el tipo de confianza que uno esperaría de alguien que planea conquistar el mundo desde un escritorio en Buenos Aires.

La fórmula mágica para este milagro financiero es, aparentemente, venderle satélites a los gobiernos para que se espíen entre ellos. Después de un cambio de rumbo que le costó «sangre, sudor y lágrimas», Satellogic ahora obtiene el 95% de sus ingresos de contratos de defensa e inteligencia. La empresa facturó 15,9 millones de dólares en el segundo trimestre, un 259% más que el año anterior, demostrando que la paranoia gubernamental es un negocio más rentable que vender empanadas.

A pesar de sus proyecciones de facturar hasta 1.000 millones de dólares anuales, Kargieman sufre el clásico síndrome de «nadie es profeta en su tierra». Mientras le vende tecnología a la Fuerza Aérea de Brasil, en su Argentina natal todavía no ha logrado cerrar ni un miserable contrato. Él, optimista como siempre, sugiere que podría ayudar a monitorear la pesca ilegal en el Atlántico Sur, probablemente porque los peces no piden coimas ni complican las licitaciones.

Pero los satélites son solo el calentamiento. La verdadera pasión de Kargieman parece ser crear un ejército de empresas manejadas por inteligencias artificiales, con dueños humanos que solo se dedican a cobrar. Sus ideas, plasmadas en un documento, han inspirado un proyecto de ley para que Argentina se convierta en el paraíso fiscal de los bots. Según su visión, el país podría pasar de tener 10 millones de trabajadores a tener 500 millones de «inteligencias» generando valor, una forma elegante de decir que tu próximo jefe podría ser una licuadora con ínfulas.

Y como si todo eso fuera poco, también está detrás de un plan para que OpenAI instale un centro de datos de 25.000 millones de dólares en Neuquén, aunque admite que «la pelota está en la cancha de OpenAI». Entre satélites espías, jefes robots y mega centros de datos, Kargieman no solo está pensando fuera de la caja, sino que directamente ha lanzado la caja a la estratosfera. Ahora solo queda esperar a ver si su cohete llega a los 500 dólares o explota en la plataforma de lanzamiento, llevándose consigo las esperanzas de los inversores.

Estados Unidos y Japón quieren salvar al yen, pero se pelean como divorciados por la custodia

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En el gran teatro de la economía mundial, Estados Unidos y Japón están protagonizando una comedia de enredos que ni Cantinflas podría haber improvisado. En público, se dan palmaditas en la espalda y juran amor eterno para fortalecer al yen. Pero tras bambalinas, la cosa es un drama digno de telenovela de las nueve, donde el secretario del Tesoro gringo, Scott Bessent, y la líder japonesa, Sanae Takaichi, no se ponen de acuerdo ni en el color del dinero.

Por un lado, tenemos a Bessent, un tipo que en sus años mozos ayudó al legendario George Soros a quebrar la libra esterlina y ahora, en un giro irónico del destino, se pone el traje de consejero monetario. Su receta es simple y directa, como orden de sargento: Japón debe subir sus tasas de interés, que actualmente están en un mísero 1%, para que el yen deje de valer menos que una promesa de campaña. Básicamente, les está diciendo: «¡Dejen de regalar el dinero, caramba!».

En la otra esquina, Takaichi sufre de un caso agudo de estrés postraumático económico. Está aterrada de subir las tasas de interés porque su mentor, el ex primer ministro Shinzo Abe, lo hizo en 2006 y la economía se fue a pique más rápido que su popularidad. Takaichi teme que apretar el cinturón monetario ahogue la recuperación económica, una situación que la tiene más nerviosa que a un gato en una perrera, mientras su propia aprobación ciudadana cae en picada.

Y para demostrar su increíble coordinación, el mismo día que Estados Unidos se lanzó a comprar yenes por primera vez desde 1998 en un intento heroico por rescatarlo, el Banco de Japón decidió que era un excelente momento para no hacer absolutamente nada. Fue como si un bombero intentara apagar un incendio con una manguera mientras su compañero le echa gasolina. Los analistas, con la boca abierta, solo atinaron a decir que se había «perdido una oportunidad de oro».

Como era de esperarse, el efecto del rescate duró menos que un político honesto. El yen, después de un breve respiro, volvió a su triste realidad, acercándose peligrosamente a la barrera psicológica de 160 por dólar. Ahora todos miran a ver si Japón se atreve a subir las tasas en septiembre u octubre, algo que no hacen con tanta frecuencia desde la burbuja inmobiliaria de 1989, cuando el dinero valía más que la sensatez.

Mientras estos dos titanes juegan a la cuerda floja política, el yen sigue atrapado en medio, devaluándose y preocupando a los ciudadanos que ven cómo sube el costo de la vida. Bessent insiste en que Japón va «por detrás de la curva», y Takaichi se aferra a la independencia de su banco central. Al final, parece que la única política monetaria clara es la de «sálvese quien pueda», y el yen es el que paga los platos rotos.

El dólar se hunde en el mundo, pero en Colombia pide repetición y postre

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Para el ciudadano de a pie, que solo entiende que con más pesos compra menos aguardiente, la economía es un misterio. Resulta que el dólar a nivel mundial anda más débil que una excusa para no ir a trabajar un lunes, pero aquí en Colombia, el billete verde se niega a darse por vencido. Es como ese boxeador que ha recibido una paliza en todos lados, pero en el cuadrilátero local se pone gallito y pide otro round.

La debacle global del dólar tiene varias causas, a cada cual más deprimente. La Reserva Federal de Estados Unidos está más indecisa que alguien frente a un menú de 30 páginas, y para colmo, la economía yanqui perdió 23.000 puestos de trabajo en julio. Para rematar, Japón y Estados Unidos tuvieron que salir a defender al yen, que estaba a punto de valer menos que una promesa de político, dándole otro empujón al dólar por el barranco del índice DXY.

Mientras tanto, en nuestra querida Colombia, el Banco de la República juega su propia partida de ajedrez. Con la tasa de interés en un jugoso 12%, atrae capitales extranjeros como un asado atrae vecinos. Además, anunciaron un plan para acumular la modesta suma de 4.000 millones de dólares en reservas, un movimiento que ellos juran que no es para manipular el precio, sino para «fortalecerse», como quien se apunta al gimnasio en enero.

Aquí es donde entra el oráculo financiero de Davivienda Corredores, Santiago Martínez Romero, a aclararnos el panorama, o a enredarlo más. Según su análisis, el dólar se mantendrá cerca de los $3.160 pesos, aunque sus pronósticos para agosto se pasean alegremente entre los $3.132 y los $3.500. Es el equivalente financiero a decir que mañana podría hacer sol, llover, nevar o caer meteoritos, pero que salgamos con paraguas por si acaso.

El peso colombiano ha tenido un año de ensueño, apreciándose un 20% y dándole un respiro a quienes compran por internet. Sin embargo, los expertos advierten que este idilio ha sido «demasiado rápido», como un romance de verano que todos saben que no va a durar. La fiesta parece que se acaba, pues ya están proyectando que para finales de 2026, la tasa de cambio podría volver a rondar unos mucho menos divertidos $3.530 pesos.

En resumen, el mensaje de los que saben es el siguiente: el dólar está débil, pero podría fortalecerse. El peso está fuerte, pero podría debilitarse. Es un buen momento para comprar dólares, aunque a lo mejor bajan un poco más primero. Con esta claridad meridiana, el colombiano promedio ya puede decidir con total seguridad si le alcanza para las vacaciones o si mejor va empeñando el televisor.

Leones en Miami: cuando nueve puntos convierten un estadio en cementerio de ilusiones

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El Nu Stadium se prepara para un choque que parece más final de telenovela que partido de Leagues Cup 2026. Club León llega invicto con seis puntos tras aplastar a Nashville SC y Orlando City, mientras Inter Miami, dirigido por Guillermo Hoyos, necesita ganar sí o sí para no quedar eliminado antes de que el árbitro silbe el inicio. La Fiera, comandada en ataque por Daniel Arcila, busca los nueve puntos perfectos que la coloquen entre los cuatro equipos mexicanos clasificados a cuartos.

El contraste es tan grande que parece sacado de un guion de caricatura: León domina la cima junto a América, Juárez y Cruz Azul, con Monterrey, Toluca, Tigres y Atlante acechando cualquier error. Un triunfo sellaría su boleto sin dramas, mientras el cuadro de Florida, con solo tres unidades tras vencer a Atlético de San Luis y perder ante Monterrey, depende de una victoria local más una serie de milagros ajenos. Sin los tres puntos, el Inter Miami se va a casa con la maleta hecha y el pasaporte cancelado.

La presión sobre los locales es tan absurda que uno imagina a los jugadores de Miami revisando pronósticos como si apostaran el sueldo en una ruleta defectuosa. León, en cambio, llega con la confianza de quien ya reservó hotel para la siguiente ronda. El torneo binacional entre Liga MX y MLS define sus boletos en esta jornada tres, y el equipo esmeralda parece decidido a convertir el campo en una pista de baile donde solo ellos marcan el ritmo.

Al final, el encuentro promete más que un resultado: una lección práctica sobre cómo nueve puntos bien administrados convierten cualquier estadio en territorio conquistado. Mientras Miami reza por combinaciones ajenas, León solo necesita seguir siendo La Fiera que ya demostró ser. El resto del torneo puede esperar; el Nu Stadium solo será el escenario de otra victoria esmeralda que deja a la MLS contando puntos como quien suma monedas caídas del bolsillo.