En el último capítulo de la telenovela «Millonarios peleando por más millones», las grandes ligas de fútbol europeas le han aventado otro expediente a la FIFA, ahora por querer controlar el calendario femenino como si fuera el único control remoto de la casa. El grupo, que representa a pesos pesados como la Premier League y la Bundesliga, corrió a acusar con la Comisión Europea, alegando que la FIFA abusa de su poder para decidir quién juega y cuándo, pero ahora con las chicas. Esto es básicamente la segunda temporada de la queja que ya habían puesto por el fútbol masculino.
La movida le echa más leña al fuego bajo la silla de Gianni Infantino, el mandamás de la FIFA, un señor famoso por sus ideas de negocio tan brillantes como venderle una parte de la Copa del Mundo a un banco y al pariente político de Donald Trump. Aquel planazo, que causó más indignación que ponerle piña a la pizza, ya fue descartado, pero la gente tiene memoria. Ahora, sus rivales aprovechan para recordarle a todo el mundo que su apetito por el control no tiene llenadera.
Los quejosos, que no son precisamente unos hermanitos de la caridad, argumentan que la FIFA está usando su clásico «manual de cómo ser el mandón» para dominar el fútbol femenino. Con la popularidad de este deporte creciendo más rápido que la fila para comprar el pan, las ligas europeas ven cómo se les escapa una jugosa rebanada del pastel. Su reclamo es claro: la FIFA está aplicando el mismo patrón de comportamiento autoritario que ya usó para adueñarse de las fechas en el calendario de los hombres.
Este drama tiene un trasfondo de billetes verdes, o en este caso, de euros. La FIFA, oliendo el negocio que se viene con la Copa del Mundo Femenina del próximo año en Brasil, quiere exprimir hasta el último céntimo. De hecho, el propio Infantino ya amenazó con un apagón televisivo en Europa el año pasado porque las cadenas no querían pagar lo que él pedía. Al final, se llegó a un acuerdo, pero el berrinche quedó para la historia.
Mientras la denuncia toma su curso en los escritorios de Bruselas, ni la FIFA ni la Comisión Europea han soltado prenda, probablemente porque están muy ocupados contando su dinero o planeando su próxima jugada maestra. Las ligas europeas, por su parte, ya están viendo cómo arman sus propios torneos para competir, en un claro ejemplo de «si no me dejas jugar con tus juguetes, me compro los míos».
Al final del día, esta pelea entre gigantes del fútbol se parece más a una disputa de vecinos por los límites del jardín que a una verdadera preocupación por el deporte. Mientras los señores de traje discuten sobre quién pone las reglas del juego, los aficionados solo esperamos que no se les ocurra empezar a cobrar por cada grito de gol. Lo único seguro es que, gane quien gane, la caja registradora no dejará de sonar.





