El Gran Circo de la Fórmula 1, en su infinita búsqueda de lugares exóticos para quemar llantas y presupuestos, ha decidido que Madrid es su próximo parque de diversiones. A partir del 11 de septiembre, el flamante circuito urbano “Madring” debutará en IFEMA, prometiendo más caos y confusión que las rebajas de enero.
El trazado de 5.470 metros parece diseñado por alguien que odia las líneas rectas. Con 22 curvas y tramos que atraviesan los pabellones 12 y 14, los pilotos deberán esquivar el eco del festival Mad Cool y la posible aparición de un congreso de podólogos. La joya de la corona es “La Monumental”, un curvón peraltado con 35 grados de inclinación, una especie de pared de la muerte que garantiza que los estómagos de los pilotos llegarán a la meta cinco segundos antes que ellos. Mientras Carlos Sainz Jr., en un arrebato de patriotismo, ya lo proclama “el mejor circuito del mundo”, otros como Lewis Hamilton esperan que no sea una repetición de Valencia, donde la emoción era comparable a ver secar pintura.
En medio de este nuevo manicomio asfáltico, emerge la figura serena de Sergio “Checo” Pérez. El mexicano llega después de su paseo por Monza, donde finalizó en la posición 18 tras una carrera en la que su Cadillac, según sus propias palabras, “llevaba un paracaídas”. Lejos de ser un problema, fuentes cercanas a la lógica inversa confirman que se trataba de un avanzado sistema de lastre voluntario, diseñado para no humillar al resto de la parrilla y estudiar sus reacciones bajo presión.
Así que, mientras los demás pilotos intentarán descifrar un mapa que parece un electrocardiograma en plena crisis, Checo llegará del 11 al 13 de septiembre con la calma de un monje que ya ha competido con el freno de mano puesto. Madrid no sabe la que le espera.





