El club de los países financieramente tóxicos: donde el gobierno no tiene niñera y el inversor paga la cuenta

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En el siempre entretenido zoológico financiero de América Latina, hay un grupo selecto de países que juegan en su propia liga de riesgo: Venezuela, Argentina, Ecuador y Bolivia. Son como ese primo al que no le prestarías ni cinco dólares para el autobús. Según los expertos, el problema no es solo que estén hasta el cuello de deudas, sino que carecen de lo que un analista finamente llamó un «dispositivo que acote el desvío», que en español de la calle significa que no tienen un adulto en la habitación para evitar que se gasten todo el dinero en tonterías.

Cuando un país no tiene este mecanismo de autocontrol, el desastre económico no desaparece por arte de magia, simplemente le pasa la factura al siguiente en la fila. Y adivinen quién es siempre el último de la fila: el inversor extranjero. Mientras tanto, países como Chile, Uruguay y Perú, los «nerds» de la clase, tienen instituciones que funcionan como una madre estricta, asegurándose de que nadie se salga de la raya. Por eso, los inversores duermen más tranquilos con ellos.

Venezuela, por supuesto, no está en el club, está en una galaxia de riesgo completamente diferente. Se encuentra en un estado de impago tan legendario que nadie sabe a ciencia cierta cuánto debe, con estimaciones que varían en 60.000 millones de dólares, una cifra con la que podrías comprar una pequeña isla. Argentina, fiel a su tradición de drama, tiene su riesgo país atado al ciclo político. El mercado teme que en 2027 llegue un nuevo gobierno con una antorcha y un bidón de gasolina para quemar las políticas actuales, lo que podría disparar el riesgo a niveles estratosféricos.

Ecuador, por su parte, ha mostrado algunas mejoras, pero sus éxitos son tan estables como un castillo de naipes en un huracán. Dependen del buen humor de los mercados internacionales y de los precios del petróleo. Bolivia es un caso de estudio fascinante: sus bonos se recuperaron, pero persisten dudas sobre sus reservas (que son mayormente oro, no efectivo), el tamaño real de su déficit y, lo más cómico de todo, su situación energética. Pasó de ser el que vendía el gas para la fiesta a ser el que tiene que comprarlo carísimo, quemando dólares a un ritmo alarmante.

La reciente mejora en la percepción de Argentina, Ecuador y Bolivia no se debe a que hayan arreglado sus economías de repente. Se debe a que, básicamente, han aceptado ponerse una camisa de fuerza. Los programas con el FMI y los cambios de gobierno han impuesto una restricción externa que limita la capacidad del Ejecutivo para hacer locuras. El mercado los ha premiado no por haberse curado, sino por haber aceptado el tratamiento.

La gran pregunta que todos se hacen es qué pasará cuando llegue la primera crisis y estos países sientan la tentación de quitarse la camisa de fuerza. Mientras tanto, en el otro extremo del espectro, los «niños buenos» como Uruguay y Chile disfrutan de los beneficios de su buen comportamiento: pagan menos intereses por su deuda, lo que les deja más dinero para gastar en cosas que no sean tapar agujeros financieros. Una lección que el club de los tóxicos parece empeñado en no aprender.

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