La cifra anual del índice PCE se mantuvo igual que en junio, muy lejos del 3.6 por ciento que esperaban los analistas. El aumento mensual fue de solo 0.2 por ciento, lo suficiente para que nadie celebre pero tampoco para que nadie se tire del balcón. Los datos llegaron justo cuando la guerra contra Irán bloquea una quinta parte del petróleo mundial por el estrecho de Ormuz y los precios de la energía suben como espuma.
La administración Trump carga con esta crisis desde el año pasado, entre aranceles y bombas que encarecen todo lo que se mueve. El rubro energético subió 15.3 por ciento en doce meses, aunque ya había bajado desde el 24.1 por ciento de mayo. La gasolina cuesta 37.5 por ciento más desde que empezó el conflicto y el diésel ha pegado un salto del 50 por ciento, lo que se nota en cada camión que transporta leche o cerveza.
El gasto de los consumidores avanzó otro 0.2 por ciento, pero casi todo se fue en servicios de salud, vivienda y seguros. En bienes concretos el desembolso bajó, como si la gente hubiera decidido vivir solo de aire. El índice PCE sigue cerca de máximos de tres años y la Reserva Federal, con su nuevo presidente Kevin Warsh, mantiene las tasas sin tocar mientras sueña con llegar al 2 por ciento que no ve desde hace más de cinco años.
Las familias siguen pagando facturas más gordas desde la pandemia y ahora también por los aranceles y la guerra. Subir las tasas de interés encarece los créditos y enfría el consumo, pero por ahora nadie parece dispuesto a apretar ese tornillo antes de septiembre. La inflación se ha convertido en el tema estrella de las elecciones de mitad de mandato de noviembre, donde los demócratas esperan quitarle al republicano el control del Congreso.
Mientras tanto, el precio de llenar el tanque sigue siendo el termómetro político más sensible del país. Cada vez que alguien reposta, recuerda que la guerra y los aranceles le están dejando la cartera más ligera que una hoja en otoño.





