La subida de precios se calmó un poco en julio, quedando en 3.4 por ciento anual, justo lo que esperaban los analistas. El alivio llegó por la caída de la gasolina tras un alto el fuego temporal en Medio Oriente, aunque el conflicto volvió a encenderse después. El dato mensual subió solo 0.1 por ciento, impulsado sobre todo por los servicios de salud que siguen cobrando como si fueran de oro.
La Reserva Federal decidió no tocar las tasas y esperar, convencida de que este pico de inflación era pasajero. Varios miembros del comité pensaron que la fortaleza del empleo les daba margen para observar sin prisa. Tres de ellos, sin embargo, quisieron subir los tipos de inmediato para golpear más fuerte contra los precios.
Antes de los bombardeos israeloestadounidenses del 28 de febrero la inflación estaba en 2.8 por ciento. Tras el estallido del conflicto con Irán saltó hasta 4.2 por ciento en mayo, como si la economía hubiera recibido un puñetazo directo en el bolsillo. El objetivo del 2 por ciento anual sigue tan lejos como el día en que alguien prometió que todo volvería a la normalidad.
El mercado laboral sigue sólido y con bajo desempleo, lo que da a la Fed la excusa perfecta para no moverse. Mientras tanto, las tasas altas siguen encareciendo créditos y enfriando el consumo, como un aire acondicionado que funciona demasiado bien y deja a todos tiritando. Los consumidores pagan más por la salud y menos por la gasolina, un equilibrio tan absurdo como pagar la hipoteca con cupones de descuento.
Al final, la inflación se comporta como un invitado que dice que se va pero se queda en el sofá comiendo todo lo que hay en la nevera. La Fed observa, mide y espera, mientras los precios de los servicios médicos siguen subiendo como si la salud fuera un lujo de temporada.




