Corea del Norte abrió el miércoles a primera hora con su clásico espectáculo de pirotecnia balística: un misil disparado desde la zona de Wonsan hacia el mar del Japón. El ejército de Seúl lo detectó sobre las seis de la mañana y Japón confirmó que el artefacto ya había caído, sin dar más detalles. Vamos, el equivalente geopolítico a encender un cohete en el patio y gritar “¡mirad lo que sé hacer!” justo antes de que empiecen las fiestas del barrio de al lado.
La coincidencia no es casual. El próximo lunes arrancan once días de ejercicios militares conjuntos entre Estados Unidos y Corea del Sur, esas maniobras anuales que Pyongyang detesta y califica de “ensayos de invasión”. El Norte, que colecciona armas nucleares como otros coleccionan imanes de nevera, suele responder con lanzamientos de prueba sincronizados con el principio o el final de los ensayos. Es su forma de mandar un mensaje: “Si vosotros jugáis a la guerra, yo juego a los dardos de largo alcance”.
Mientras Seúl y Washington se preparan para ensayar defensas contra un vecino con mal genio y botón nuclear, Kim vuelve a sacar el catálogo de misiles para recordar que sigue en el mapa y que no le hace ninguna gracia el ruido de tanques ajenos. El misil cae al mar, los comunicados vuelan y el continente asiático se queda otra vez con cara de “otra vez el mismo numerito”.
Al final es la rutina de siempre en la península: unos ensayan cómo defenderse, el otro ensaya cómo molestar, y el resto del planeta mira el reloj esperando que nadie se pase de frenada. Un miércoles cualquiera en el barrio más tenso del planeta, donde hasta los buenos días llegan con estela de misil y amenaza de fuegos artificiales nucleares.




