Memo Ochoa recibe un homenaje en el Azteca y se queda corto de palabras

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El Estadio Azteca vivió un momento digno de película de barrio cuando miles de gargantas gritaron “Ochoa, Ochoa” y de pronto todo se calló al ver al portero caminando hacia el centro de la cancha. El 25 de octubre, durante el América contra Pachuca, el club decidió rendirle pleitesía a Paco Memo como si se tratara de un rey que regresa de una guerra larga y complicada. El silencio fue tan denso que hasta el balón parecía avergonzado de rodar.

A mitad del partido, Ochoa tomó el micrófono y soltó un discurso que mezcló agradecimientos con el tono de quien acaba de ganar la lotería sin haber comprado billete. Dio las gracias a Emilio Azcárraga por convertir al equipo en el más grande, mencionó a la directiva, al personal de mantenimiento y hasta a quien le pasaba el café en las mañanas. Luego reservó un espacio especial para sus padres, que lo metieron a la escuela del América, y para su esposa e hijos, quienes según él lo soportaron en las buenas y en las que el árbitro cobró penalti inexistente.

El remate fue para la afición, a la que reconoció como el motor que nunca se apaga. Entre tanto cariño acumulado, el exguardameta admitió que le costaba encontrar palabras, como si el micrófono le hubiera pedido un examen de historia sin previo aviso. El Azteca aplaudió con la misma energía que se usa para celebrar un gol en el último minuto.

El detalle más curioso fue que, después de tanto reconocimiento, el verdadero protagonista del partido siguió siendo el balón, que ni siquiera pidió micrófono.

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