En un nuevo capítulo de esta telenovela geopolítica que ya ni la abuela quiere ver, Rusia y Ucrania han decidido que quizás, tal vez, si los astros se alinean y no llueve, podrían sentarse a tomar un café. Para añadirle más sabor al caldo, el mediador es Estados Unidos, lo que llevó a Donald Trump a salir corriendo a anunciar que la paz estaba más cerca que el fin de mes, con el mismo optimismo de quien compra un billete de lotería con el dinero del alquiler.
El pobre enviado especial estadounidense, Steve Witkoff, tuvo la titánica tarea de reunirse casi tres horas con Vladimir Putin, probablemente para discutir sobre el clima, las mejores recetas de ensaladilla rusa y, de paso, ver si podían dejar de lanzarse misiles. El encuentro tuvo lugar después de que Witkoff se reuniera en Oslo con líderes europeos y con un Volodimir Zelenski que, básicamente, pidió lo más lógico del mundo: «Oigan, ¿podrían dejar de bombardear mi casa antes de que discutamos de qué color pintamos el salón?».
El Kremlin, con la emoción de un funcionario público un lunes por la mañana, anunció que las «conversaciones técnicas» (un eufemismo para decir «reunión para ver si nos ponemos de acuerdo en no estar de acuerdo») podrían ser en Abu Dabi. Un lugar perfecto para discutir el fin de una guerra, entre rascacielos de lujo y jeques paseando en Ferrari. La fecha tentativa es después de las elecciones en Estados Unidos, porque obviamente hay que esperar a ver quién gana el concurso de popularidad antes de decidir si se hace la paz o no.
Pero para que nadie se emocionara demasiado, un asesor del Kremlin aclaró que las propuestas de paz que les llevaron eran más vagas que una promesa de político en campaña y que tenían «menos contenido que un episodio de relleno». Mientras tanto, Zelenski insistía en «congelar» el frente, una idea que Moscú descartó más rápido que una invitación a una dieta vegana. Rusia, por su parte, exige que Ucrania se retire de sus propios territorios, lo que equivale a pedirle a alguien que te entregue su cartera y además te dé las gracias.
En resumen, mientras los de traje y corbata discuten en qué hotel de cinco estrellas se verán las caras para la próxima ronda de negociaciones inútiles, Rusia sigue enviando «mensajes de paz» a 500 kilómetros por hora sobre la capital ucraniana, dejando claro que su concepto de «diálogo» es un poco más ruidoso y explosivo que el del resto de los mortales.




