Como si se tratara de un niño millonario haciendo un berrinche porque no le compran el juguete de moda, la administración de Donald Trump le ha ido a llorar a la Corte Suprema para que le dejen construir su barda en un parque nacional. Al parecer, la idea de poner un muro de concreto en medio de un paraje natural donde lo más peligroso que te puedes encontrar es un correcaminos de mal humor, les parece una genialidad estratégica.
Resulta que una jueza con más sentido común que todo el gabinete junto, les paró el teatrito de la construcción en el Parque Nacional Big Bend, un lugar tan remoto que ni los repartidores de pizza llegan. Pero el gobierno, en un acto de terquedad digno de una mula, está pataleando para que el tribunal más alto del país les dé permiso de arruinar el paisaje. El argumento es que es vital para la seguridad nacional, probablemente para proteger a los Estados Unidos de la inminente invasión de ardillas y coyotes mexicanos.
Pero espere, que la cosa se pone mejor. Como si construir una barda inútil no fuera suficiente derroche de creatividad, ahora el Pentágono quiere probar un nuevo juguete en la frontera: un «rayo de calor». Según los genios militares, es un arma no letal que te dispara un haz invisible y te hace sentir como si te estuvieras rostizando en un comal. La sensación de quemadura es tan agradable que te provoca un impulso irresistible de salir corriendo como si hubieras visto al cobrador de Elektra en quincena.
Así que el plan maestro es el siguiente: primero, construir un muro carísimo en medio de la nada para detener a gente que de todas formas no pasa por ahí. Y segundo, si a alguien se le ocurre acercarse, lo cocinamos a fuego lento con un microondas gigante hasta que salga huyendo. Una estrategia que combina la brillantez de la ingeniería de la Edad Media con la tecnología de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto. Solo falta que instalen catapultas que lancen chiles habaneros.




