La segunda vuelta en Brasil se convirtió en un espectáculo digno de un circo con candidatos octogenarios y senadores de cuarenta y tantos que parecen sacados de una telenovela de mala muerte. Con la mitad de las urnas contadas, Lula llevaba una ventaja tan ridícula que parecía el resultado de un concurso de quién escupe más lejos.
El escrutinio avanzaba con la misma lentitud que un abuelo contando chistes en la sobremesa. El juez decidió alargar dos horas la votación porque había gente que no llegaba por culpa del transporte público y de la lluvia, algo que en cualquier país normal se resolvería con un “ya te jodiste”. Lula acusó a empresarios y alcaldes de impedir el voto, mientras Flávio pedía lo mismo en el sur por las tormentas. Al final todos terminaron peleando por dos horas extra como si fueran niños discutiendo quién usa el baño primero.
El candidato de ochenta años busca su cuarto mandato como quien quiere seguir en la misma cantina a pesar de que el hígado ya le suplicó clemencia. Flávio, por su parte, promete bajar el gasto público y subir el poder adquisitivo, frase que suena tan creíble como un vendedor de autos usados jurando que el coche nunca tuvo accidentes. Entre tanto, la gente en las calles se queja de que la carne ya cuesta lo que un riñón y que vivir se ha vuelto más caro que mantener una suegra en casa.
Mientras tanto, las redes sociales fueron acusadas de manipular el algoritmo a favor de uno u otro, porque en Brasil hasta los likes parecen comprados en el mercado negro. El conteo sigue y la diferencia es tan mínima que parece una apuesta entre dos taxistas sobre quién llega primero al semáforo. Al final, el que gane tendrá que lidiar con un país donde la única certeza es que la carne seguirá cara y los políticos seguirán prometiendo lo imposible.




