Con casi 81 años y la energía de un abuelo que se niega a morir, Luiz Inácio Lula da Silva se proclamó ganador del balotaje contra Flávio Bolsonaro, el hijo del expresidente que parecía destinado a seguir la tradición familiar de meter ruido y salir perdiendo. Brasil decidió quedarse del lado de los progresistas mientras Argentina, Chile y Colombia coqueteaban con la derecha, como quien cambia de canal para no ver la misma telenovela aburrida.
El veterano del Partido de los Trabajadores desafió todas las encuestas, que lo daban por muerto después de la primera vuelta. Pero en la segunda, con el 51,7 por ciento de los votos, demostró que los brasileños prefieren un abuelo terco antes que otro Bolsonaro en el Planalto. Nadie lo vio venir, ni siquiera los encuestadores, que ahora tendrán que explicar cómo se equivocaron tanto.
Los problemas de transporte público convirtieron la jornada en un circo. En São Paulo y Salvador retiraron autobuses como si quisieran que la gente votara a pie o en patineta. El juez del Tribunal Supremo extendió dos horas la votación y provocó un caos digno de una película de los hermanos Marx. Las urnas ya cerradas no se podían reabrir, pero eso no impidió que todo el mundo se pusiera a discutir como si estuvieran en una asamblea de vecinos borrachos.
Los seguidores de ambos bandos se concentraron en Río y São Paulo con la misma intensidad que un domingo de fútbol. Mientras tanto, Trump aseguró desde Washington que “estaba atento”, como el suegro que espía por la ventana pero dice que no le importa. En Portugal, miles de brasileños hicieron fila para votar con más ganas que en la primera vuelta, probablemente porque el puente festivo ya había pasado y no había excusa para quedarse en la playa.
Lula, que votó con bandera de Brasil y rodeado de exministros, declaró que disputaba la elección contra “un miliciano”. Flávio, por su parte, pidió a la gente que saliera a votar “llueva o haga sol”, como si Brasil fuera un partido de rugby en medio de un temporal. Al final, el pueblo decidió que cuatro mandatos de Lula valían más que otro capítulo de la saga Bolsonaro.
Y así Brasil sigue siendo ese bastión progresista rodeado de vecinos que prefieren otros caminos. El cuarto mandato de un hombre de 81 años demuestra que, en política, la edad es solo un número… hasta que te toca cargar con las consecuencias.




