Lula da Silva gana por cuarta vez tras una remontada que dejó a Bolsonaro con la cara de idiota

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En una elección que parecía sacada de una telenovela de las malas, Lula da Silva se impuso con el 51,76 por ciento de los votos contra Flávio Bolsonaro, que se quedó en el 48,24. El tipo de ochenta años volvió al poder como si nada, demostrando que en Brasil hasta los muertos votan si les dan un buen programa social.

Los medios locales no paraban de repetir que el veterano del Partido de los Trabajadores había perdido en la primera vuelta y luego activó a sus bases como quien prende la parrilla el domingo. Folha de S.Paulo lo llamó “presidente por cuarta vez” y ya se preguntaba cómo iba a gobernar sin mayoría en el Congreso, un clásico problema que en Brasil se resuelve con promesas, sonrisas y algún que otro favor.

CNN Brasil y G1 destacaron el “giro inédito” y alertaron sobre las cuentas públicas después de que Lula prometiera más Bolsa Família, menos impuestos a la nafta y hasta transporte gratis los fines de semana. Todo eso cuesta miles de millones de reales, pero en campaña suena a paraíso. UOL fue más directo y solo dijo “Lula es reelegido”, como si ya supiera que el tipo volvería aunque tuviera que arrastrarse.

Flávio Bolsonaro, por su parte, ofreció cambios y seguridad, pero le tocó defenderse de acusaciones por la pandemia y los recortes. La izquierda respondió con el grito de “Nunca más Bolsonaro” y recordó las setecientas mil muertes. Lula, al votar en San Pablo, soltó que su rival quería gobernar con la bandera de otro país y que los brasileños preferían la propia, aunque estuviera un poco desteñida.

En los últimos días el Congreso aprobó reducir la semana laboral a cuarenta horas y el Gobierno subió un quince por ciento el Bolsa Família para casi cincuenta millones de personas. También suspendió impuestos a la gasolina y subsidió el diésel. Todo muy generoso, siempre y cuando no se pregunte quién paga la cuenta cuando se acaba la campaña.

Al final, Lula repitió que el cambio no es quitarle derechos a la gente, mientras Flávio se quedaba con la sensación de que le habían cambiado las reglas a mitad del partido. En Brasil, parece que las elecciones se ganan con votos, promesas y un poco de suerte, como en cualquier telenovela que se precie.

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