Lula gana su cuarto mandato y deja a Flávio con ganas de llorar en la ducha

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El veterano de ochenta años volvió a sentarse en la silla presidencial como quien regresa al mismo bar a pedir la misma cerveza, solo que esta vez con el hígado más cansado y el Congreso más hostil. Con el conteo casi cerrado, Lula sacó el 51,7 por ciento y Flávio Bolsonaro se quedó en el 48,2, suficiente para que el hijo del expresidente se fuera a casa a practicar discursos de derrota frente al espejo.

El resultado permite al líder del PT seguir gobernando hasta el 2030, cuando ya tendrá 85 años y posiblemente usará pañales de adulto en las reuniones de gabinete. Nadie en la historia reciente de Brasil había logrado cuatro mandatos democráticos, pero Lula parece decidido a batir también el récord de longevidad política, aunque tenga que hacerlo con andador y control remoto.

En Río, los simpatizantes celebraron en Cinelândia como si hubieran ganado la lotería sin haber comprado boleto. Una abogada de 33 años declaró emocionada que “el pueblo se unió”, frase que en la práctica significa que medio país sigue odiando al otro medio con la misma intensidad de siempre.

Flávio, de 45 años, intentó venderse como el heredero de la mano dura, pero terminó pareciendo un hijo que intenta usar la ropa de su padre y le queda grande. Prometió bajar el gasto público y combatir la delincuencia; Lula, por su lado, prometió más Bolsa Família y menos horas de trabajo. El electorado, como buen brasileño adulto, eligió lo que más se parecía a recibir plata sin moverse del sofá.

El nuevo mandato empieza con un Congreso más conservador, una economía que amenaza con frenarse y una relación con Donald Trump que ya parece capítulo de telenovela de mala muerte. Meta, por su parte, fue acusada de ayudar al algoritmo a favor de Bolsonaro, aunque la empresa lo negó con la misma cara de inocencia que pone cuando te borra la cuenta sin explicación.

Lula tendrá que negociar con quienes lo detestan, mantener contentos a los que viven de los programas sociales y tratar de que la economía no se le desarme antes de que cumpla 85. Todo indica que la polarización brasileña seguirá tan sana y rencorosa como siempre, solo que ahora con un presidente que podría necesitar siesta después de cada discurso.

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