El senador brasileño Flávio Bolsonaro decidió que Brasil ya no era su lugar favorito y armó una fuga digna de una película de espías baratos. Según los datos, cruzó la frontera a Argentina solo con su documento de identidad, como quien va a comprar cigarrillos y termina en otro país. Desde Puerto Iguazú planeaba volar a Estados Unidos en un Gulfstream G400 que parece sacado de una novela de narcotraficantes con presupuesto hollywoodense.
El avión, matrícula LV-JQW, pertenece a una empresa argentina y tiene espacio para catorce pasajeros, dos motores Rolls-Royce y autonomía para recorrer medio continente. La compañía pidió permisos para cuatro pasajeros y tres tripulantes, aunque nadie confirmó si Flávio viajaba con maletas llenas de documentos o solo con la ropa puesta y un plan de emergencia.
La orden judicial llegó el domingo por la noche, después de la derrota electoral. Agentes de la Policía Federal lo interceptaron frente a la casa de su padre en Brasilia y le pidieron los pasaportes como si le quitaran el control remoto a un niño caprichoso. Flávio grabó un video en el que se quejaba de la medida, asegurando que nunca había dicho que se iría del país, aunque su hermano Eduardo sí lo mencionó en caso de perder las elecciones.
La investigación que lo persigue mezcla sospechas de lavado de dinero, vínculos con un abogado amigo y hasta la financiación de una película sobre Jair Bolsonaro titulada Dark Horse. Todo suena más a enredo de telenovela que a política seria. Mientras tanto, el Gulfstream ya había cambiado de matrícula varias veces, pasando por Estados Unidos y México, como si el avión también tuviera miedo de quedarse quieto.
Al final, Flávio prometió entregar los pasaportes y organizar la oposición desde adentro, aunque el jet esperaba en la pista como un taxi con el motor encendido. Nadie sabe si logró subir o si la Justicia le ganó la carrera. Lo que sí quedó claro es que, cuando la política se pone complicada, algunos prefieren resolverlo con combustible de aviación y destino Miami.




