Chile, el mayor productor mundial de cobre, registró apenas 1,16 millones de toneladas métricas en el tercer trimestre. Esa cifra representa una caída del 12 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior y un descenso del 8,7 por ciento frente a los tres meses previos. Los datos del Instituto Nacional de Estadísticas confirman que se trata del volumen trimestral más bajo desde que existen registros, a finales de 2006.
Los problemas se acumulan como facturas impagas. Accidentes, lluvias intensas y fallas operativas golpearon las minas más grandes del país. Además, la calidad del mineral ha empeorado, lo que obliga a extraer más material para obtener menos metal. El resultado es una recesión que ya suma una baja del 8,6 por ciento en los primeros nueve meses del año.
El país representa más de una quinta parte de la oferta mundial de cobre. Esa reducción llega justo cuando la demanda por electrificación crece a ritmo acelerado. Las mineras chilenas parecen decididas a demostrar que hasta el metal más valioso puede volverse escaso si se le pone suficiente mala suerte encima.
Los analistas ya advierten que 2024 podría terminar como el peor año en décadas para la industria chilena. Las condiciones meteorológicas no avisan, los accidentes tampoco piden permiso y el mineral parece cansado de tanto esfuerzo. El panorama pinta para que la escasez se convierta en el nuevo ingrediente de la transición energética.
Al final, el cobre chileno se comporta como un invitado que decide marcharse justo cuando la fiesta de los autos eléctricos empieza a ponerse buena. Menos metal significa precios más altos y una transición energética que deberá esperar turno. Chile, por ahora, prefiere quedarse en casa viendo cómo el resto del mundo intenta enchufar todo sin su ayuda.




