La Junta Directiva del Banco de la República decidió mantener las tasas de interés en el doce coma veinticinco por ciento, tal como todo el mercado esperaba. La medida se aprobó por mayoría y evita sorpresas en un momento donde cualquier movimiento generaría más chismes que soluciones. Nadie quiere que la economía se parezca a un bus sin frenos bajando la séptima.
La inflación anual de septiembre llegó al seis coma tres por ciento, un poco por debajo de lo previsto pero suficiente para mantener el dolor de cabeza. La inflación básica sin alimentos ni regulados bajó levemente al seis por ciento, aunque el Fenómeno de El Niño amenaza con encarecer todo como si fuera una broma pesada de la naturaleza. Los analistas ya ven la inflación en seis coma nueve por ciento para finales del próximo año.
El crecimiento económico colombiano parece haber perdido fuerza en el tercer trimestre, con el consumo tanto privado como público más lento que una fila en el banco. Los indicadores de industria y comercio al por menor confirman que los sectores productivos no están para fiestas. Todo apunta a que la demanda interna decidió tomarse un descanso sin avisar.
Las expectativas de inflación a dos años siguen rondando el cuatro por ciento, lejos de la meta oficial del tres por ciento que el banco persigue como un perro detrás de un auto. El mercado de deuda pública también muestra que la confianza no sobra y que los inversionistas prefieren mirar con recelo antes de soltar la plata. La Junta no se reunirá en noviembre y dejará el próximo anuncio para diciembre, como quien pospone una visita al dentista.
El ministro de Hacienda radicó una reforma tributaria ambiciosa justo el día anterior y la Junta considera que su estudio riguroso será clave para el futuro. Sin finanzas públicas ordenadas, la política monetaria parece un intento de apagar un incendio con un vaso de agua. Al final, mantener las tasas resulta más cómodo que explicar por qué todo sigue igual de caro.




