En el Gran Premio de la Ciudad de México 2026, el Autódromo Hermanos Rodríguez se convierte en un mapa de castas donde el precio del boleto marca no solo la vista, sino también el menú. Mientras las bebidas y botanas básicas mantienen costos parecidos en casi todas las zonas, la comida sube de categoría conforme sube el importe de la entrada, como si el estómago también tuviera que pagar por ver mejor la carrera.
Los refrescos, frituras, agua y alcohol se mantienen en rangos similares para todos, aunque la variedad de restaurantes cambia según la grada. Entre más cara la localidad, más opciones exclusivas aparecen y los precios de los platillos se elevan. El agua sigue siendo gratis para rellenar vasos en todo el recinto, un detalle que iguala un poco las cosas en medio de tantas diferencias. Ron, vodka, whisky, ginebra, tequila, mezcal, Heineken, Heineken 2.0 y el vaso michelado de cincuenta pesos forman parte de la oferta común que se repite sin importar la zona elegida.
Para pagar hay que pasar primero por el módulo de Banamex, obtener el gafete y cargar saldo con tarjeta, ya que en los puestos no se acepta efectivo directo. Esta mecánica evita filas eternas pero obliga a planear con anticipación. El sistema convierte cada compra en un pequeño trámite que recuerda que, aunque todos ven el mismo asfalto, el camino al hot dog o al coctel sigue dependiendo de cuánto pagaste por entrar.
Al final, el Gran Premio demuestra que hasta la sed tiene jerarquía cuando el boleto marca la diferencia entre una fritura sencilla y un platillo de autor.




