La inflación en Japón se aceleró hasta el 2.1 por ciento en septiembre, superando el objetivo del banco central. El aumento se debió sobre todo al encarecimiento de los alimentos y a los costos de la energía provocados por la guerra en Oriente Medio. Los datos oficiales del Ministerio del Interior confirmaron que la cifra coincide con lo esperado por el mercado.
Excluyendo los productos frescos, la inflación quedó por encima del 1.7 por ciento registrado en agosto. Esta medición sigue mostrando una tendencia al alza que empieza a preocupar a las autoridades. El yen débil sigue encareciendo todo lo que llega del extranjero.
El Banco de Japón mantiene su meta del 2 por ciento, pero la nueva cifra ya genera expectativas de un posible aumento de tasas de interés. Los analistas ven que la presión sobre los precios importados no da tregua. Nadie quiere que el yen siga cayendo como un peso de plomo.
El gobierno japonés sigue ayudando con subsidios a la gasolina y la electricidad para suavizar el golpe de la energía. Sin esa ayuda, los números habrían sido aún más altos. Los consumidores notan que llenar la despensa cuesta cada vez más.
El resultado es una mezcla de alivio parcial y preocupación creciente por lo que pueda pasar en los próximos meses. Los precios de los alimentos siguen subiendo sin parar. La gente empieza a preguntarse si el bolsillo aguantará otro empujón.
Al final, el yen flojo y la guerra lejana terminan golpeando la mesa de los japoneses como si fueran ellos los que pagan la cuenta. El banco central observa todo con lupa y ya afila el lápiz para decidir si sube las tasas. Nadie sabe si el próximo mes será peor o solo igual de ridículo.




