El primer ministro canadiense Mark Carney llegó a Ankara en medio de la guerra comercial con Estados Unidos y decidió que lo mejor era buscar socios más lejanos y menos exigentes. Turquía aceptó el juego y ambos países arrancaron las negociaciones de un acuerdo de libre comercio antes de que termine el año. La idea suena a divorcio amistoso pero con regalos de por medio.
Erdogan anunció que quieren pasar de tres mil millones de dólares en intercambios a cinco mil y luego a diez mil, como si el dinero fuera a multiplicarse solo con buena voluntad. También propuso duplicar los vuelos directos, probablemente para que los empresarios puedan huir más rápido cuando las cosas se pongan feas. Carney confirmó que los negociadores se verán el mes que viene en la capital turca para el primer round.
El canadiense insistió en que no busca autosuficiencia sino resiliencia colectiva, una forma elegante de decir que ya no aguanta más las discusiones con el vecino del sur. Turquía aparece como el socio ideal para sectores como energía, aeronáutica y minerales críticos, además de una posible cooperación nuclear que suena a experimento de vecinos ruidosos. Nadie sabe aún quién pagará las facturas cuando todo explote.
Carney ha repetido el mismo movimiento con Arabia Saudita, India, China y Europa, como quien colecciona contactos en una agenda para no quedarse solo en la fiesta. El objetivo parece claro: repartir el riesgo para que ningún socio pueda chantajearlo con aranceles o malas caras. Turquía, por ahora, acepta el papel de aliado fiable sin hacer preguntas incómodas.
El plan incluye más vuelos, más reuniones y más promesas de crecimiento comercial, todo envuelto en discursos sobre oportunidades mutuas. Nadie menciona qué pasará si alguno de los nuevos socios decide también subir los precios o cambiar las reglas a mitad de camino. Al final, Canadá parece haber optado por tener varios ex a la vez en vez de quedarse atado a uno solo.
El resultado es una diversificación que suena más a plan de escape que a estrategia económica sólida. Si todo sale bien, los intercambios crecerán y los aviones volarán llenos de ejecutivos sonrientes. Si sale mal, al menos habrá más rutas para salir corriendo hacia cualquier parte menos Washington.




