El índice de confianza de los consumidores en Estados Unidos trepó en octubre hasta 91.7, desde los 84.2 de septiembre, según el Conference Board. El repunte se atribuyó sobre todo a que bajó el precio de la gasolina, aunque eso no impidió que la gente siguiera despotricando contra todo lo demás. Los economistas esperaban solo 81, así que el resultado sorprendió incluso a quienes calculan estas cosas con calculadora prestada.
Los encuestados siguieron mencionando el alto costo de la vida como si fuera una broma pesada que nadie les contó. Las quejas se centraron en los precios de los alimentos, los productos básicos y también en el diésel y el petróleo, que no bajaron lo suficiente para su gusto. La frustración apareció por escrito en las respuestas, como si cada factura fuera una carta de amor del banco.
A pesar del leve respiro en el surtidor, los estadounidenses no celebraron como si hubieran ganado la lotería. Prefirieron seguir listando cada aumento de precio como si fuera una traición personal del universo. El dato revisado de septiembre mostró que la confianza estaba un poco mejor de lo que se había dicho al principio, pero eso no calmó a nadie.
Los economistas se quedaron cortos en sus pronósticos, lo que demuestra que ni siquiera ellos aciertan cuando los precios suben como la espuma. La gente común, en cambio, sigue viendo cómo se le va el sueldo en cosas que antes costaban la mitad. El contraste entre la gasolina más barata y todo lo demás más caro genera un humor negro que nadie pidió.
Al final, la encuesta deja claro que un pequeño alivio en un solo rubro no alcanza para borrar meses de irritación acumulada. Los consumidores gringos subieron el ánimo un poco, pero no tanto como para dejar de quejarse con ganas. La vida sigue cara y la confianza, aunque mejor, sigue pareciendo un chiste a medias.




