La Policía Federal de Brasil le canceló los pasaportes al senador Flávio Bolsonaro después de que este hiciera caso omiso al plazo de 24 horas que le dio la justicia. El tipo ni siquiera se presentó con los documentos, como si estuviera esperando que le recordaran la tarea con una palmadita en la espalda. Nadie tiene registro de que haya salido del país, pero el avión privado que lo esperaba en Puerto Iguazú se quedó plantado como un taxista sin pasajero.
El ministro Alexandre de Moraes firmó la orden apenas Lula ganó la elección, lo que dejó a Flávio con la misma cara de sorpresa que un hincha de Boca cuando le anulan un gol. Le prohibieron salir del territorio y activaron la alerta migratoria, por si acaso el senador intentaba cruzar la frontera como quien salta la reja del vecino para evitar pagar la cuota del club.
En un video grabado al salir de la casa de su padre, Flávio se quejó de que lo intimaron “solo por eso”. El senador juró que nunca pensó en irse del país y que iba a impugnar todo por abuso de poder. Mientras tanto, lo investigan por lavado de dinero con plataformas de apuestas y por haber metido plata en la película *Dark Horse*, que parece haber costado más que una mudanza a Miami con todo incluido.
Para rematar la semana, un jet argentino esperó en Iguazú con el motor encendido y un pasajero faltante. Ni las autoridades brasileñas ni las argentinas registraron su salida ni su entrada. Resultado: Flávio sigue en Brasil, sin pasaporte y con la misma suerte que un político que promete rebajar impuestos y termina subiéndolos.




