La bolsa brasileña se derrumba tras el regreso de Lula al poder

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El Ibovespa perdió casi un 14 por ciento en un solo día, la mayor caída desde 2020, mientras el dólar se disparó más de un 8 por ciento contra el real. El pánico se debió sobre todo a que muchos apostaban fuerte a que ganaría Bolsonaro y ahora tienen que deshacer esas posiciones como quien vende el auto para pagar la fiesta de la noche anterior. Los analistas repiten que los fundamentos del país siguen en pie, aunque la incertidumbre fiscal hace que todos miren el presupuesto como si fuera una bomba de relojería.

Varios expertos de bancos como Itaú y Goldman Sachs sostienen que Brasil sigue siendo la mayor economía de la región, con exportadores fuertes y un sistema bancario que no se ha roto todavía. Mencionan el precio del petróleo y la energía verde como posibles salvavidas, pero advierten que todo depende de que el nuevo gobierno demuestre disciplina fiscal. Sin señales claras, la recuperación podría tardar más que una sobremesa después de comer demasiado.

Guardian Capital insiste en que los activos brasileños acaban de sumar una prima de riesgo político que, con el tiempo, podría bajar si Lula no se dispara con el gasto. Recomiendan no vender todo de golpe durante la volatilidad, porque liquidar en pánico suele ser tan inteligente como cortarse el cabello con tijeras de cocina. La distinción entre empresas exportadoras y las que dependen del mercado interno se vuelve clave para no terminar con la cartera hecha trizas.

Acciones como Magazine Luiza perdieron más de la mitad de su valor en una jornada, mientras que Vale apenas bajó un poco y Embraer hasta subió. Esa diferencia muestra que no todos los sectores sangran igual cuando el real se debilita. Los inversores extranjeros que habían metido miles de millones apostando por Bolsonaro ahora ven cómo se les escapa el dinero como agua por un colador roto.

Para los que tienen posiciones a largo plazo, los analistas sugieren esperar señales de ajuste presupuestario antes de comprar más. La deuda pública ya supera el 80 por ciento del PIB y el déficit fiscal ronda el 10 por ciento, cifras que no invitan precisamente a celebrar con champán. Si el nuevo equipo económico no convence, el dólar podría seguir subiendo y las tasas locales también, convirtiendo cualquier recuperación en una carrera de obstáculos con obstáculos cada vez más altos.

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