Santiago Peña tiró la toalla justo cuando el Congreso empezaba a armar el juicio político que lo podía dejar sin cargo. El hombre llevaba poco más de tres años sentado en la silla presidencial y decidió que era mejor salir por la puerta antes de que lo empujaran. La gota que derramó el vaso fue la quiebra de Ueno Bank, la sexta entidad más grande del país, que de pronto cerró sus puertas y dejó a la gente sin poder sacar un peso.
El Partido Colorado, el mismo que lo llevó al poder, se partió en pedazos y varias facciones anunciaron que votarían a favor de sacarlo. Horacio Cartes, el exmandatario que todavía controla la agrupación, soltó que la colectividad no iba a defender “el latrocinio de los fondos públicos, privados y de los jubilados”. Dicho en criollo: el partido prefirió dejarlo solo antes de que el escándalo le salpique a todos.
Peña se grabó un video para anunciar que se iba. Habló de poner la república por encima de cualquier persona y de buscar la estabilidad del país. Lo que no dijo en cámara es que hasta 2025 había tenido plata invertida en el grupo que controlaba el banco, detalle que ahora le pasa factura y que sus críticos llaman conflicto de intereses.
El Banco Central cerró Ueno Bank el martes después de que su solvencia se fuera al diablo. El presidente de esa entidad también presentó renuncia, y en las calles de Asunción la gente empezó a protestar porque no podía tocar sus ahorros. El banco movía más de tres millones de transacciones diarias y atendía a uno de cada tres paraguayos, así que el problema no es menor.
Pedro Alliana, el vicepresidente, se quedaría con el cargo si el Congreso acepta la renuncia, pero primero tiene que ver si también lo salpica el proceso de destitución. Peña pidió disculpas al pueblo y juró que nunca quiso defraudar a nadie. Mientras tanto, los paraguayos siguen esperando que alguien les devuelva lo que guardaron en un banco que ya no existe.



