El gobierno colombiano declaró de interés nacional la rehabilitación del gasoducto Antonio Ricaurte, esa tubería que lleva años muerta como un electrodoméstico sin enchufe. La idea es que Ecopetrol importe gas venezolano y así evitar que el país se quede a oscuras cuando la producción nacional baje más que las ventas de un vendedor de paraguas en el desierto. Ya las importaciones cubren casi el cuarenta por ciento del consumo interno, y el plan parece una apuesta desesperada por no depender solo de barcos caros.
En la primera etapa se pretende traer cincuenta millones de pies cúbicos diarios, apenas un cinco por ciento de lo que Colombia usa cada jornada. El ducto tiene capacidad para mucho más, hasta cuatrocientos cincuenta millones, pero por ahora solo se activará una fracción, como quien abre la llave del gas solo un poquito para no explotar la cocina. La infraestructura mide doscientos veinticinco kilómetros y conecta La Guajira con el Lago de Maracaibo, aunque lleva inactiva desde dos mil quince.
Las obras están previstas para finales de dos mil veintiséis y la operación podría arrancar a mediados de dos mil veintisiete, siempre que nadie se equivoque con los permisos. Se necesitará una licencia de la Oficina de Control de Activos Extranjeros de Estados Unidos, ese trámite que convierte cualquier negocio con Venezuela en un laberinto burocrático más largo que una novela de García Márquez. Además existe un contrato vigente con PDVSA hasta finales de dos mil veintisiete, pero los papeles legales y ambientales todavía deben firmarse.
El gasoducto cambiará de sentido: antes enviaba gas colombiano hacia Venezuela y ahora hará el recorrido contrario, como un matrimonio que decide volver a compartir casa después de años separados. Venezuela posee las mayores reservas de gas natural de América Latina, aunque hasta ahora solo las ha usado para promesas y titulares. Para Colombia representa una opción más barata que importar gas licuado por barco, que requiere procesos tan costosos como mantener una nevera abierta todo el día.
El proyecto forma parte de los intentos previos de acercamiento energético entre ambos países, pero los anuncios nunca habían pasado de los discursos. Ahora, con el fenómeno de El Niño amenazando el suministro, la rehabilitación se presenta como un salvavidas temporal. Si todo sale bien, los hogares, la industria y las plantas térmicas colombianas podrán recibir gas venezolano sin depender tanto de las importaciones marítimas que dejan la factura más alta que una boda con tres mil invitados.




