Marine Le Pen apareció en Orleans como quien llega a una verbena con megáfono y ganas de bronca. Ante ocho mil quinientos simpatizantes de Agrupación Nacional prometió que Francia volverá a ser Francia, o sea, sin vecinos ruidosos, sin precios que suben como la espuma y con un Estado que pegue puñetazos en vez de dar palmaditas.
La política de cincuenta y ocho años soltó su discurso como si estuviera regañando a un yerno que no cierra la puerta. Dijo que la nacionalidad francesa será un privilegio que se hereda o se gana a pulso, no un regalo de reyes magos. Sus fans gritaban “Macron dimisión” como si fuera el estribillo de una canción de verano que ya nadie soporta.
Mientras tanto, en las calles, entre cuatrocientos mil y ochocientos mil franceses protestaban porque la vida cuesta más que un piso en el centro. Hubo empujones, botellas rotas y comercios que terminaron más vacíos que nevera de estudiante. La policía detuvo a mil trescientos catorce personas y contó cincuenta y tres agentes con moretones. Le Pen lo resumió a su estilo: “¿Estado de derecho? Aquí lo que hay es estado de sálvese quien pueda”.
La líder de Agrupación Nacional también anunció doble frontera: una francesa y otra europea, como poner dos candados a la nevera para que nadie se coma las sobras. Jordan Bardella, su compañero de partido, recibió una ovación hasta que unos estudiantes judíos desplegaron una pancarta recordando viejos tuits. El mitin siguió como si nada, porque en la política francesa un escándalo es como una mosca en una paella: molesta pero no quita el hambre.
Fuera del local, entre trece mil y veintiséis mil manifestantes contrarios coreaban que la extrema derecha al poder es como invitar a la suegra a vivir en el sofá. Una profesora de yoga de treinta y cinco años lo dijo claro: “Tememos que todo empeore”. Al lado, una simpatizante de Le Pen contestaba que lo que hace falta es orden, economía que funcione y que los extranjeros se vayan por donde vinieron.
Con las elecciones de dos mil veintisiete a la vista, Le Pen ya calienta motores. Macron no puede repetir, así que la pelea queda entre ella, Mélenchon y el resto del circo político francés. Mientras tanto, el país sigue entre protestas, precios altos y promesas de mano dura que suenan como quien dice que va a arreglar el mundo con un cinturón y buenas intenciones.




