La confianza del consumidor estadounidense, que venía mostrando la estabilidad emocional de un monje tibetano, tuvo un ataque de nervios en agosto y se desplomó por primera vez en tres meses. El índice de la Universidad de Michigan, que mide el optimismo de la gente, cayó a 51,7 puntos, una calificación con la que apenas y se pasa de panzazo. Parece que los ciudadanos de a pie están viendo el futuro económico con el mismo entusiasmo de quien tiene una cita con el dentista para una endodoncia.
Lo más curioso de este melodrama económico es que, a pesar del pesimismo generalizado, la gente cree que la inflación bajará un poquito, a un 4% anual. Es como esperar que el golpe duela un poquito menos, pero sabiendo que de todas formas te va a dejar un moretón. Joanne Hsu, la directora de la encuesta, explicó con palabras finas lo que todos ya sabíamos: la gente sigue convencida de que la inflación es ese pariente incómodo que llegó de visita y no piensa irse nunca.
El bajón de ánimo fue generalizado. Las opiniones sobre la economía para el próximo año y para los próximos cinco se fueron a pique, como si todos hubieran visto la misma película de terror. La confianza entre los republicanos, en particular, se fue al sótano y tocó su nivel más bajo desde noviembre de 2024. Al parecer, la única cosa en la que todos se ponen de acuerdo es en que el panorama se ve más negro que una noche sin luna.
El verdadero villano de esta historia, el que le echa sal a la herida todos los días, es el surtidor de gasolina. Con los precios clavados por encima de los 4 dólares por galón durante todo el mes, llenar el tanque se ha convertido en una experiencia traumática que ha mermado los ingresos de forma brutal. Para colmo de males, los consumidores esperan que los precios en las gasolineras sigan subiendo, porque aparentemente el sufrimiento nunca es suficiente.
En resumen, la encuesta pinta el retrato de una nación nerviosa, ojerosa y sin ilusiones, que mira al futuro a largo plazo esperando una inflación del 3,3%. El consumidor estadounidense está en modo de supervivencia, preparándose para lo peor y mirando sus cuentas bancarias con la misma expresión de quien se da cuenta de que olvidó el paracaídas justo después de saltar del avión.



