Taiwán se gasta el aguinaldo en juguetes de guerra para que el vecino no se pase de listo

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Con la emoción de un adolescente que acaba de recibir su primera tarjeta de crédito sin límite, el presidente de Taiwán, Lai Ching-te, anunció que se va a dar un caprichito militar por 34,500 millones de dólares. Según él, el objetivo es comprar tantos cachivaches ruidosos y caros que a su vecino gigante, China, se le quiten las ganas de cruzar el patio a pedir sal sin permiso. Es, básicamente, la versión geopolítica de instalar la alarma más escandalosa del barrio.

Informe El Chapucero

Durante un discurso que tenía menos sutileza que un reguetonero en una biblioteca, Lai afirmó: «Miren, esta millonada no es para empezar una bronca, es para evitarla. Es como comprarse un perro de pelea carísimo, no para que muerda a la gente, sino para que nadie se atreva a tocarte el timbre para venderte enciclopedias». Este presupuesto, que representa más del 3% del producto interno bruto de la isla, demuestra que Taiwán está más comprometido con su defensa que un fanático con su equipo de fútbol en la final.

Como era de esperarse, en China la noticia cayó peor que una sopa de fideos fría. La portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán, con cara de pocos amigos, acusó al mandatario de querer armar su propia fiesta independentista con fuegos artificiales militares. «Ese señorito lo que quiere es hacerse el valiente con los juguetes que le compra su primo rico de Estados Unidos y armar un alboroto en el vecindario», declaró, probablemente mientras golpeaba un escritorio con el puño.

Para rematar el fiestón, las celebraciones del Día Nacional de Taiwán parecieron un episodio de exhibicionismo militar. Aviones de combate sobrevolaron la capital haciendo más ruido que una licuadora vieja, mientras unos helicópteros paseaban banderas tan grandes que probablemente causaron su propio microclima. Todo el espectáculo fue para conmemorar el día en que le dieron una patada a la dinastía Qing, un drama histórico que desembocó en la monumental pelea familiar de 1949, cuando una parte de la familia se mudó a la isla con sus maletas y su rencor, y la otra se quedó en la casa grande. Y desde entonces, siguen discutiendo sobre quién se quedó con la vajilla buena.

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