¡Atención, terrícolas del futuro! Justo cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, Tesla decide que los volantes y los pedales son tan del siglo pasado como los módems de 56k y la paciencia. La compañía del magnate que quiere colonizar Marte ha soltado por las calles de Austin, Texas, su nuevo juguetito: el Cybercab, un supositorio metálico con ínfulas de Uber que, básicamente, se maneja solo. Pero ¡oh, sorpresa!, a los señores del gobierno de Estados Unidos, esos burócratas con lupa y chaleco reflectante de la NHTSA, no les ha hecho ni pizca de gracia y ya le han puesto el ojo encima, abriendo una investigación más rápido que tu tía compartiendo una cadena de oración en Facebook.
\n\nEl problema, según los aguafiestas federales, es que la ley dice que para poner un cacharro con ruedas a circular comercialmente, se necesita algo tan arcaico como un volante y unos pedales. Cosas de la vieja escuela, ya sabe. Tesla, en un acto de rebeldía adolescente, no pidió ningún permiso especial, simplemente le dio una palmadita en el chasis a su robotaxi y le dijo: «Anda, ve y democratiza el transporte, campeón». La empresa asegura que se autocertificó, lo que suena tan fiable como un político prometiendo no subir los impuestos. Es el equivalente a que un alumno se califique su propio examen con matrícula de honor y exija que le den el título de inmediato.
\n\nLa defensa de Tesla es digna de un guion de comedia: afirman que su Cybercab es súper seguro y que es genial para las personas con discapacidad, lo cual es cierto, siempre y cuando su única discapacidad no sea un miedo atroz a que una inteligencia artificial decida que el camino más corto a tu destino es a través de un centro comercial. Mientras tanto, los 45 Cybercabs ya desplegados en Texas circulan con la misma legitimidad que un billete de tres euros, esperando a ver si el gobierno decide que son el futuro del transporte o el pisapapeles más caro de la historia.
\n\nAsí que ya sabe, si viaja a Austin y ve un vehículo que parece diseñado por un robot con crisis existencial y sin nadie al volante, no es que esté alucinando por el calor. Es el progreso, amigos. Un progreso que, por ahora, tiene a un montón de funcionarios rascándose la cabeza y preguntándose en qué parte del manual pone cómo se le pone una multa a un coche que no tiene a quién dársela. Mientras tanto, Waymo, el robotito de Google, anda por ahí pidiendo permiso hasta para estornudar. La batalla de los coches que se creen más listos que nosotros no ha hecho más que empezar.





