Wall Street se emociona como perro con dos colas, pero el petróleo le amarga la fiesta

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El circo de Wall Street abrió su carpa este jueves con un ánimo festivo, como si a todos les hubieran adelantado la quincena. Los índices S&P 500, Dow Jones y Nasdaq subieron un poquito (0,44%, 0,66% y 0,44% respectivamente), lo suficiente para que los corredores de bolsa cambiaran el café por un champán barato. La causa de tanta alegría fue que los rendimientos de los bonos del Tesoro decidieron tomarse un respiro, bajando a 4,73%, aliviando la presión sobre los inversionistas que ya sentían la soga al cuello.

El gurú del día fue Christopher Waller, un mandamás de la Reserva Federal, quien básicamente dijo que si la inflación se porta bien y se va a su cuarto, no tocará las tasas de interés. Pero, como buen aguafiestas profesional, también advirtió que si la inflación se pone respondona, no dudará en subir las tasas hasta que llore. Es el equivalente financiero de un padre que amenaza con quitarte la consola pero todavía no sabe si lo hará, dejando a todos con una ansiedad de campeonato.

Sin embargo, en medio del jolgorio, apareció el invitado que nadie quiere: el precio del petróleo, subiendo más rápido que la espuma de la cerveza mal servida. El barril de Brent se puso coqueto en los 96,49 dólares y el WTI le siguió el juego con 92,30 dólares, todo gracias a las broncas en Medio Oriente que ponen el estrecho de Ormuz más tenso que cuerda de violín. Esto le recuerda al mercado que la inflación es como esa ex pareja tóxica que siempre amenaza con volver.

En el chismorreo corporativo, a la gente de Victoria’s Secret le fue como en feria. A pesar de que sus ventas crecieron un 9%, a los accionistas les pareció poco y sus acciones se desplomaron. Resulta que el mercado es más exigente que una suegra, y si no les das un crecimiento espectacular, te mandan a dormir al sofá. Mientras tanto, Nvidia se fue de compras y adquirió Hugging Face por 13.000 millones de dólares, una cifra con la que podrías comprar varias islas pequeñas y un ejército de monos mayordomos.

Así que el panorama general es un desastre esquizofrénico. Por un lado, hay señales de que la economía se calma, pero por otro, el petróleo amenaza con incendiar todo de nuevo. Los inversionistas están navegando en un mar de incertidumbre, tratando de decidir si es momento de sacar los flotadores o de empezar a rezar. Básicamente, es otro día normal en la oficina para la economía mundial.

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