Cuando todos lo daban por muerto y enterrado, el yen japonés decidió que ya estaba bueno de hacerse el débil y se levantó de la lona con la fuerza de un luchador enmascarado. La moneda, que era el hazmerreír de las finanzas, se disparó hasta un 1,8% para situarse en 155,85 por dólar, su mejor día desde que el gobierno tuvo que salir a defenderla hace un mes. Los operadores, que hasta hace cinco minutos se burlaban de su debilidad, ahora corren en círculos como si se les hubiera aparecido un fantasma.
La razón de este milagro es un cóctel de chismes y paranoia pura. Por un lado, corrió el rumor de que el Banco de Japón, en su reunión del 18 de septiembre, podría por fin subir las tasas de interés, dejando de ser el único en la fiesta que no cobra la entrada. Por otro, todos están más nerviosos que un gato en una perrera, esperando que el gobierno japonés vuelva a meter la mano en el mercado para darle un empujón a su moneda.
Y es que el gobierno ya ha demostrado que no se anda con chiquitas. El mes pasado se gastó la friolera de 96.400 millones de dólares para defender al yen, una cantidad de dinero con la que podrías comprarle un yate a cada habitante de un pueblo pequeño. Ahora, el mandamás de la política cambiaria, Atsushi Mimura, salió a decir que va a «continuar la batalla en el mercado», prometiendo más drama que telenovela de las nueve y dejando claro que tiene la cartera lista para repartir cachetadas financieras.
El ambiente en los mercados es más tenso que un debate familiar sobre política en Navidad. Cada vez que el yen se mueve un milímetro, los operadores gritan «¡Intervención!» y se esconden debajo de sus escritorios. Los que habían apostado en contra de la moneda japonesa ahora están cerrando sus posiciones más rápido que el que apaga la computadora cuando llega el jefe, lo que ha contribuido a este repunte meteórico.
Así que el yen pasó de ser el paciente en coma del hospital financiero a la estrella de rock que destroza el hotel. Nadie sabe si esta resurrección es permanente o si es solo un espasmo antes de volver a la tumba. Mientras tanto, los especuladores se muerden las uñas, esperando la decisión del Banco de Japón y preguntándose si deberían invertir en yenes o en pastillas para la ansiedad.





