El pacto petrolero entre EE.UU. y Venezuela tiene más trampas que una película de villanos

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En un giro de guion más inesperado que el final de una telenovela, Estados Unidos y Venezuela anunciaron un acuerdo petrolero que, sobre el papel, suena a que encontraron la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, cuando uno se acerca a leer la letra pequeña, el plan parece más un monstruo de Frankenstein ensamblado con piezas que no encajan, lleno de obstáculos legales, políticos y operativos que podrían hacerlo explotar en cualquier momento. Es el clásico matrimonio por conveniencia donde todos se sonríen para la foto pero se odian en privado.

Las cifras son para marearse: se habla de invertir hasta 100.000 millones de dólares para desarrollar 17 campos petroleros y pasar de producir unos míseros 200.000 barriles diarios a más de 1,5 millones. Claro que hay un pequeño detalle: esas reservas de 65.000 millones de barriles podrían estar más infladas que el ego de un político en campaña, según expertos. Además, el Tío Sam no es ningún tonto y se asegura una participación del 55%, quedándose con la mayor tajada del pastel como si fuera el único invitado a la fiesta.

Aquí es donde la cosa se pone divertida, como un laberinto burocrático. El acuerdo propone concesiones por 100 años, pero la ley venezolana solo permite contratos de 25 años, prorrogables a 40. Es como intentar meter un camión en el garaje de una bicicleta. Del lado estadounidense, el Pentágono legalmente no puede invertir en empresas privadas, así que tendrán que hacer malabares con «préstamos» y «garantías» para no romper sus propias reglas, en una movida digna de un contorsionista.

Pero los problemas no acaban ahí. La infraestructura petrolera venezolana está más oxidada que un barco hundido, y el crudo es «extrapesado», lo que significa que es un dolor de cabeza manejarlo. Esto hace que las grandes petroleras internacionales miren el acuerdo con la misma desconfianza que uno mira un puesto de comida callejera de dudosa reputación, especialmente cuando Venezuela debe unos 170.000 millones de dólares en deudas. Nadie quiere meter su dinero en una casa que se está cayendo a pedazos.

Para rematar, el acuerdo es tan estable como un castillo de naipes en medio de un huracán. Un cambio de gobierno en Washington o en Caracas podría desmoronarlo todo. Y como cereza del pastel, se rumorea que Venezuela podría abandonar la OPEP, lo que sería el equivalente a salirse del grupo de WhatsApp familiar en plena Navidad. En resumen, este pacto es un culebrón geopolítico con tanto drama, riesgo y personajes turbios que Netflix ya debe estar preparando la primera temporada.

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