Wall Street aguanta la respiración por Nvidia como si esperara el final de una telenovela

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El circo financiero de Estados Unidos vivió una jornada de quietud sepulcral, con los inversionistas moviéndose menos que una estatua de museo. La razón de tanto nerviosismo no era otra que la espera de los resultados trimestrales de Nvidia, la empresa de chips que ahora mismo parece decidir si el mundo será un paraíso tecnológico o si todos volveremos a usar ábacos. Los principales índices, como el S&P 500 y el Dow Jones, se quedaron quietecitos, no fuera a ser que un movimiento en falso provocara el apocalipsis.

Mientras tanto, la Reserva Federal sigue siendo ese padre estricto que amenaza con quitarte el internet si no arreglas tu cuarto. La inflación, esa prima incómoda que se niega a irse de la fiesta, volvió a asomar su fea cabeza con un aumento del 0.2% en el índice PCE subyacente. Esto tiene a los jefes de la Fed con la ceja levantada y el dedo listo para subir las tasas de interés antes de que acabe el año, arruinándole la Navidad a medio mundo.

Para colmo de la confusión, la economía estadounidense resultó estar más fuerte que un café de carretera, creciendo un 1.5% en el segundo trimestre. El consumo, que es básicamente la gente comprando cosas que no necesita, se disparó un 3.4%. Esta buena noticia es, paradójicamente, una mala noticia, porque le da a la Reserva Federal la excusa perfecta para aplicar mano dura y decir: «ven, como tienen dinero de sobra, aguantan otra subida de tasas».

Toda la presión recae ahora sobre los hombros de Nvidia, de quien los analistas esperan que sus ingresos casi se dupliquen, un milagro financiero que no se veía desde que alguien inventó las comisiones bancarias. Los inversionistas no solo miran los números, sino que buscan una señal divina que les confirme que la inteligencia artificial es el futuro y no una simple burbuja a punto de estallarles en la cara. La tensión es tal que se podría cortar con una tarjeta de crédito.

En medio de este drama principal, hubo actores de reparto haciendo de las suyas. El precio del petróleo subió porque las cosas en el mundo siguen complicadas, mientras que el oro y el bitcoin se convirtieron en el refugio de los que ya no confían ni en su propia sombra. La gente está metiendo su dinero en estos activos como si compraran papel de baño al inicio de una pandemia, con flujos de hasta 7.000 millones de dólares en solo cinco días.

Así que el panorama es el siguiente: un montón de adultos en traje esperando que una empresa de tecnología les diga si serán ricos o pobres, mientras otro grupo de señores serios en Washington decide cuánto costará pedir un préstamo. Mientras tanto, el dólar se fortalece y las monedas de América Latina pagan los platos rotos, demostrando una vez más que cuando Estados Unidos estornuda, al resto del continente le da pulmonía.

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