El Banco de México decidió subir su expectativa de crecimiento para este año hasta el 1.5 por ciento, dejando atrás el 1.1 por ciento que manejaba en mayo. Ahora el punto medio del rango que maneja va del 1 al 2 por ciento, un intervalo más estrecho que el anterior de 0.5 a 2.8 por ciento. Es el tercer ajuste seguido desde noviembre, cuando apenas apostaban por un avance del 1.1 por ciento.
En febrero ya habían subido la proyección puntual hasta 1.6 por ciento, pero parece que el banco central no se decide del todo. La gobernadora Victoria Rodríguez Ceja explicó que en el primer trimestre se espera una moderada aceleración impulsada por el consumo interno, aunque la inversión sigue floja. Las condiciones de holgura, según ella, se mantendrán durante todo el horizonte de pronóstico.
El informe trimestral presenta estas cifras como si fueran un plato de sopa que hay que probar varias veces antes de tragarlo. Cada revisión parece más un intento de corregir el rumbo que una convicción firme sobre hacia dónde va la economía. El público que sigue estas conferencias ya sabe que los números bailan, pero al menos ahora bailan un poco más arriba.
La idea de que el consumo interno empuje mientras la inversión se queda dormida suena a fiesta donde solo llegan los que traen dinero en la cartera. Banxico insiste en que habrá holgura suficiente, como si prometiera que habrá sillas para todos aunque la mesa se vea cada vez más chica. La conferencia sigue en marcha y los pronósticos siguen cambiando como calcetines en temporada de lluvias.
Al final, el banco central parece un tío que mejora su apuesta pero sigue mirando de reojo por si el dado sale truco. Con cada ajuste se acerca un poco más a la realidad, aunque siempre con el mismo recelo de quien sabe que los números pueden volver a traicionarlo en la siguiente revisión.





