Uber, la empresa que creció tan rápido y de forma tan caótica que ahora necesita una liposucción corporativa, ha decidido deshacerse de unos 3.300 empleados, lo que equivale al 10% de su plantilla mundial. La razón oficial, servida en una bandeja de jerga empresarial, es que se habían vuelto demasiado complejos, con más niveles jerárquicos que una pirámide azteca y más reuniones de «coordinación» que un congreso de burócratas. Es el equivalente a organizar una fiesta tan grande que terminas echando a la mitad de los invitados para poder limpiar el desastre.
El director ejecutivo, Dara Khosrowshahi, anunció la masacre en un correo electrónico tan largo y conmovedor que podría ser nominado a un premio literario. En él, explicaba que el crecimiento de la empresa había creado «estructuras que ya no nos sirven bien a nuestra escala actual». Traducido del idioma de los directivos, esto significa: «Contratamos a tanta gente para que supervisara a otra gente, que ya nadie sabía quién trabajaba para quién». Como parte de esta cura de humildad, el número de gerentes se reducirá en un 20%.
Para ser «más simple y rápido», la compañía está aplicando la lógica de un videojuego: si estás a más de siete niveles jerárquicos del jefe final, quedas eliminado. También están desapareciendo los «microequipos» de una o dos personas, probablemente porque se dieron cuenta de que tener un jefe para un solo empleado es un poco ridículo. Y para rematar la fiesta, se acabó el trabajar en pijama desde casa: la empresa exigirá que casi todos vuelvan a la oficina, porque al parecer la «colaboración presencial» es más importante que la felicidad de sus empleados.
Pero, ¿a dónde irá todo el dinero ahorrado con esta poda masiva de personal? Adivinaron: a la innovación, el crecimiento y, cómo no, a los robotaxis. En un giro de guion digno de una distopía de ciencia ficción, Uber está despidiendo a miles de humanos para acelerar la llegada de los robots que eventualmente reemplazarán a sus conductores humanos. Se comprometieron a invertir más de 10.000 millones de dólares en alianzas para vehículos autónomos, demostrando que su verdadero sueño es un futuro sin esa molesta variable llamada «nómina».
Y como en toda buena tragedia moderna, las acciones de la compañía subieron tras el anuncio, porque a Wall Street le encanta el olor a despidos por la mañana. El mensaje del CEO, aunque lleno de palabras bonitas sobre el futuro y el crecimiento, en el fondo decía algo muy simple: nos hicimos un lío monumental, contratamos en exceso y ahora estamos pasando la factura a nuestros empleados. Todo para construir un Uber más fuerte, más ágil y, sobre todo, mucho menos humano.





