Alejandro Betancourt, ese empresario venezolano de 46 años que amasó fortuna con negocios tan opacos como el fondo de un café mal colado durante el chavismo, aparece de repente como pieza clave en el inédito acuerdo petrolero entre Washington y Caracas. El tipo es el principal accionista de North American Blue Energy Partners, conocida como Nabep, la segunda mayor productora privada de petróleo en Venezuela después de Chevron. Y resulta que el gobierno de Donald Trump lo eligió como socio para atraer millonarias inversiones al país con las mayores reservas de crudo del planeta. De la noche a la mañana, el muchacho pasó de figura sospechosa a invitado de honor en la mesa del petróleo.
Betancourt formó parte en 2017 de aquel grupo de empresarios bautizados como “bolichicos”, que se llenaron los bolsillos mientras Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro manejaban el país. En concreto, lo vinculan a una trama de corrupción en la estatal PDVSA donde se acusaba de poner sobreprecios en contratos con la alegría de quien le cobra al cuñado el doble por un favor. En 2025 lo detuvieron en Reino Unido y Suiza le abrió un proceso penal por blanqueo de dinero. El currículum no es exactamente el de un monaguillo, pero parece que en este mundillo petrolero eso cuenta como experiencia laboral de alto nivel.
El hombre está ligado a unas 50 empresas repartidas por el mundo, entre ellas Hawkers, la firma española de gafas de sol que compró en 2016 y que hasta se asoció con Lionel Messi para sacar una línea de productos. De vender anteojos con pose de estrella a manejar grifos de crudo hay un trecho, pero Betancourt lo recorrió como quien cambia de canal sin soltar el control. Ahora Trump lo señala como el socio ideal para desbloquear el oro negro venezolano.
Así que resumen de la telenovela: un empresario forjado en los negocios turbios del chavismo, investigado por aquí y por allá, dueño de gafas de moda y de una petrolera privada, termina sentado a la mesa con Washington para repartir el petróleo del país con más reservas del planeta. La vida da más vueltas que peonza en feria, y en este capítulo el bolichico de ayer es el interlocutor de hoy. Mientras tanto, PDVSA, las investigaciones y las gafas de sol observan desde la grada preguntándose en qué momento el guion se volvió tan absurdo.





