Trump anuncia la compra de petróleo venezolano y la región se pregunta si fue un acuerdo o una liquidación por cierre

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En un movimiento que dejó a los analistas con la boca más abierta que un buzón, Donald Trump anunció en su red social que Estados Unidos acababa de cerrar «el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial» con Venezuela. Según el expresidente, Washington ahora tendrá el control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de petróleo. La noticia fue tan grandilocuente que muchos revisaron el calendario para asegurarse de que no era el Día de los Inocentes, mientras el resto del continente intentaba procesar si acababan de presenciar una genialidad o la venta de garaje más grande de la historia.

Del lado venezolano, la presidenta interina Delcy Rodríguez sacó las maracas y celebró el pacto, afirmando que abarcará 17 campos estratégicos durante 25 años y que aspiran a convertirse en una «potencia energética». Según sus cálculos, el país recibirá la friolera de 209.335 millones de dólares, lo que se traduce en unos 19 dólares por cada barril producido. Una cifra que, dependiendo de a quién le preguntes, suena más a una propina generosa que al precio de un recurso que mueve al mundo.

Claro que no tardaron en aparecer los aguafiestas con sus calculadoras y su sentido común. Analistas como José Guerra salieron a pinchar el globo, diciendo que eso de que Estados Unidos vaya a «controlar» tal cantidad de petróleo es más improbable que encontrar un unicornio en el metro. A un ritmo de producción de 1,5 millones de barriles diarios, esas reservas alcanzarían para más de un siglo. Básicamente, es como firmar un contrato para vaciar el océano con un balde.

Para complicar más el panorama, resulta que el petróleo en cuestión no es precisamente oro líquido listo para usar. Se trata mayormente de crudo pesado y extrapesado, un líquido tan espeso y rebelde que sacarlo y procesarlo requiere tecnología de punta y una inversión que podría rondar los 100.000 millones de dólares. Es como comprar un castillo medieval a precio de ganga, solo para darte cuenta de que tienes que gastar una fortuna en remodelarlo para que no se te caiga el techo encima.

Aun con todos los peros, la magnitud del acuerdo es innegable. Esos 65.000 millones de barriles superan las reservas probadas de los principales países petroleros de América Latina juntos, lo que dimensiona el nivel de la apuesta. El trato ha revivido viejos fantasmas de colonialismo en la región, donde muchos se preguntan si Venezuela acaba de asegurar su futuro o si empeñó las joyas de la abuela por una solución a corto plazo.

Al final, hasta los grandes bancos de inversión miran el acuerdo con la cautela de quien camina sobre hielo fino. Advierten que todo depende de un marco legal que pueda sobrevivir a los vaivenes políticos tanto en Estados Unidos como en Venezuela, algo tan estable como un flan en medio de un terremoto. Mientras tanto, el mundo observa para ver si este pacto se convierte en el motor de una nueva era energética o en el chiste más caro jamás contado.

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