Donald Trump salió a declarar con esa cara de “yo lo arreglo todo con un tuit y un gesto de mago de feria” que el estrecho de Ormuz está abierto. Abierto. Así, de golpe, como si el planeta fuera un centro comercial y él tuviera la llave maestra escondida en el bolsillo del traje.
Uno se imagina a los petroleros pasando en fila india mientras Trump, desde algún salón dorado, hace el gesto de cortar un listón invisible y grita “¡pasen, pasen, que no muerde!”. Como si las tensiones geopolíticas se resolvieran igual que cuando le dices al cuñado que ya puede entrar a la cocina porque terminaste de pelearte con la tostadora.
El estrecho, ese embudo marítimo por donde se cuela media vida económica del planeta, de repente queda presentado como una terraza con happy hour: todo el mundo invitado, nadie pregunta de dónde sales ni a quién le debes un misil. La diplomacia internacional reducida a un portero de discoteca con peluquín y eslogan fácil.
Y claro, el mundo aplaude, se rasca la cabeza o revisa el precio de la gasolina con la misma cara de quien oye que “ya pasó el temporal” mientras sigue lloviendo dentro del living. Porque si Trump dice que está abierto, será que está abierto… o al menos lo suficientemente abierto como para la foto, el titular y el próximo capítulo del reality show planetario.
Al final uno solo espera que nadie cierre la puerta con llave otra vez mientras el presentador sigue hablando.




