Resulta que Donald Trump salió a proclamar urbi et orbi que el estrecho de Ormuz está abierto. De par en par. Como quien descubre que el súper de la esquina sigue vendiendo cerveza a las cuatro de la mañana y se siente obligado a avisar al vecindario entero con megáfono.
La declaración tiene ese toque clásico de anuncio solemne sobre algo que, en teoría, ya debería estar circulando. Es como el cuñado en la comida familiar que se levanta a gritar “¡el baño está libre!” cuando llevas media hora viendo la puerta entreabierta y a tu prima haciendo cola con cara de pocos amigos. Gracias por el dato, crack.
Mientras tanto, el personal que mueve barcos, petróleo y nervios por esa zona se queda mirando el horizonte con la misma expresión de quien oye al jefe decir “tranquilos, todo bajo control” cinco minutos antes de que arda la impresora. Unos celebran la apertura, otros desconfían del timing y el resto solo quiere que nadie joda el precio de la gasolina antes de fin de mes.
Al final Trump deja el mensaje soltado como quien deja la nevera abierta a propósito: el estrecho está expedito, el mundo puede respirar… o al menos intentarlo mientras espera el próximo capítulo de esta telenovela geopolítica con sabor a reality barato y finales imprevisibles.




