Trump manda a espaciar las vacunas infantiles como tapas en un bar de mala muerte

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Imagínense el Despacho Oval convertido en consultorio de pueblo donde Donald Trump firma una orden ejecutiva con la misma solemnidad con la que uno pide otra ronda de cañas. La genial idea: poner las vacunas de los críos a ritmo de siesta larga, especialmente las del sarampión, las paperas y la rubéola, que ahora se servirán en tres tomas separadas como si fueran capítulos de una telenovela interminable.

Detrás del invento está Robert F. Kennedy Jr., el secretario de Salud que colecciona teorías como otros coleccionan cromos. El hombre fundó una organización antivacunas y sigue vendiendo el cuento —ya desmentido hasta por la abuela del pueblo— de que las inyecciones provocan autismo. Para él limitar las inmunizaciones es prioridad número uno, al nivel de no pisar charcos o evitar a la suegra en Navidad.

El detalle gracioso es que el gobierno federal no manda ni en el recreo de la escuela. Un borrador que se filtró al diario The Washington Post aconseja a estados y territorios que “revisen” las recomendaciones sobre vacunas obligatorias para entrar al cole. O sea, Washington tira la piedra y esconde la mano mientras los gobernadores se pelean como en una discusión de grupo de WhatsApp familiar.

Así que los niños estadounidenses se enfrentan a un calendario de pinchazos más estirado que chicle masticado tres horas. Trump aplaude la medida, Kennedy Jr. sonríe como quien acaba de ganar la tómbola y los pediatras se agarran la cabeza preguntándose si la próxima orden será ponerle fecha de caducidad a las vitaminas. Que alguien avise a los termómetros del sentido común, porque esto se está poniendo más raro que una boda sin pastel.

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