Wall Street se puso su mejor traje de fiesta, se echó brillantina encima y se lanzó a la pista de baile este jueves, todo porque su amigo millonario, Nvidia, pagó la cuenta de todo el bar. El Nasdaq, que no se pierde un buen reventón, subió un 1,57 % contagiado por el entusiasmo. El impulso fue tan fuerte que arrastró al S&P 500, aunque la mayoría de sus miembros estuvieran en un rincón preguntándose quién iba a conducir de vuelta a casa.
El rey de la noche fue, sin duda, Nvidia, cuyas acciones se dispararon un 8,74 % como si hubieran pisado una pieza de Lego descalzos. La compañía anunció que espera que sus ingresos crezcan cerca de un 70 % el próximo año, dejando en ridículo el 45 % que pronosticaban los analistas serios. Básicamente, le dijeron al mercado que no solo están ganando el juego, sino que planean comprar el estadio, el equipo rival y hasta la tiendita de recuerdos.
La directora financiera, Colette Kress, prácticamente declaró que la gente les está arrojando dinero más rápido de lo que pueden contarlo, afirmando que la demanda se acelera a una escala brutal. Este optimismo desató una ola de euforia por la inteligencia artificial, esa cosa que supuestamente nos quitará el trabajo pero que, por ahora, solo está fabricando millonarios. Otras empresas tecnológicas se subieron a la ola como si fuera la última tabla de surf en la playa.
Pero como en toda fiesta épica, apareció la vecina amargada para quejarse del ruido. Savita Subramanian, del Bank of America, mantiene que el S&P 500 terminará el año con una caída del 7,5 %. Mientras todos veían fuegos artificiales, ella estaba revisando las salidas de emergencia y calculando el apalancamiento financiero. Savita dijo que necesita ver «indicios de monetización real» antes de unirse al baile, lo que en español de la calle significa: «enséñenme la lana antes de seguir con la parranda».
Mientras tanto, en este casino financiero, hasta el bitcóin, ese primo raro y volátil, se unió al festejo y superó nuevamente los 80.000 dólares. El oro, el abuelo precavido de las inversiones, prefirió quedarse en casa y perdió un poco de su brillo, probablemente por el disgusto. El petróleo, por su parte, subió de precio, porque nunca falta un pretexto para que llenar el tanque de gasolina duela un poco más.
Así que Wall Street sigue bailando al ritmo que le toca Nvidia, con una copa en una mano y el número del contador en la otra. La fiesta de la inteligencia artificial está en su apogeo, pero todos se preguntan de reojo quién va a limpiar el desorden cuando se acabe la música y llegue la inevitable resaca financiera.





