Los genios de Morgan Stanley sacaron su bola de cristal, le soplaron al polvo y declararon que el futuro se parece a una fiesta donde la música está muy alta y las bebidas son carísimas. En su visión, la economía global seguirá con fiebre, con un crecimiento y tasas de interés más altos de lo que estábamos acostumbrados. Así que, en lugar de meter el dinero debajo del colchón, han decidido apostar en un casino de tres mesas: la inteligencia artificial, el Tío Sam y la siempre emocionante deuda de Brasil.
Su ficha más grande va para la inteligencia artificial, que ha resultado ser más hambrienta que un adolescente en desarrollo. Según sus cálculos, un sistema de agentes de IA consume entre cuatro y quince veces más capacidad informática que una simple consulta. Esto ha provocado que gigantes como Microsoft, Alphabet y Amazon aumenten sus planes de gasto un 36%, básicamente construyendo graneros más grandes para alimentar a esta bestia digital que, de paso, también aprende a manejar el sector de defensa.
Pero la fiesta no es solo para los gigantes tecnológicos. Los analistas de Morgan Stanley también le están echando un ojo a las empresas pequeñas y medianas de Estados Unidos, como quien se da cuenta de que los teloneros del concierto a veces son mejores que la banda principal. La idea es que la prosperidad por fin se derrame hacia los que no tienen oficinas con toboganes y mesas de ping-pong, apostando por los sectores más cíclicos de la economía.
En el rincón de la gente aburrida, es decir, el de los bonos, andan con pies de plomo. Con una inflación más terca que una mula, no ven mucho chiste en amarrarse a deudas a largo plazo del Tesoro estadounidense. Prefieren papeles más exóticos como los títulos respaldados por hipotecas, que es la versión financiera de comprar un billete de lotería que ya está un poco raspado pero que todavía podría tener premio.
Finalmente, para darle sabor al caldo, le están metiendo dinero a los mercados emergentes, con una fijación especial en Brasil. Allá apuestan a que los bonos a tres años son un negociazo, con tasas que superan el 14% mientras esperan que la inflación se comporte y baje al 3%. Es una jugada audaz, que depende de que el banco central brasileño se ponga las pilas y recorte las tasas como prometió.
Al final del día, toda esta estrategia tan elaborada depende de dos preguntas que nos hacemos todos al pagar la tarjeta de crédito: ¿hasta dónde se puede estirar la liga sin que se rompa la economía? ¿Y tendrán los bancos centrales el valor de bajar las tasas o se harán los valientes? Morgan Stanley ha hecho su apuesta, ahora solo queda esperar a ver si le atinaron o si terminan explicando todo con una bonita presentación de diapositivas.



