Los mercados emergentes, esos eternos «segundones» de la economía mundial, están viviendo una fiesta de agosto tan épica que no se veía una igual desde 2004, cuando usar pantalones a la cadera todavía parecía una buena idea. El motor de esta juerga es la nueva moda de apostar contra el dólar, lo que ha provocado que el índice de acciones de los países en desarrollo suba un 3,3% este mes. Los inversores globales buscan diversificar sus carteras como quien busca nuevos bares para no encontrarse a su ex.
Pero como en toda buena fiesta, no faltan los aguafiestas. El primero es Kevin Warsh, el jefe de la Reserva Federal, que desde Jackson Hole mandó un mensaje con la misma alegría que un inspector de Hacienda, insinuando que podría subir las tasas de interés en septiembre y apagar la música de golpe. El segundo es el eterno drama en Medio Oriente, que siempre amenaza con terminar la reunión a botellazos. A pesar de los sustos, la bolsa se recuperó como un campeón después de un tropezón.
La clave de este optimismo desmedido es la llamada «estrategia de depreciación del dólar». Esto, traducido del lenguaje financiero al español de la calle, significa que los inversores creen que Estados Unidos dejará que su moneda pierda valor a propósito, como quien deja un billete en los pantalones antes de meterlos a lavar, para que sus deudas gigantescas parezcan un poco menos aterradoras. Este rumor ha sido suficiente para que el dinero vuele hacia activos más exóticos.
Lo más interesante es que la fiesta ya no es exclusiva de los tres de siempre. Los gigantes de los chips como Samsung y TSMC, que hasta julio se llevaban el 82% del pastel, en agosto apenas han aportado un 11,5% de la subida. Ahora hasta los más rezagados de la clase, como la biotecnología china y otras empresas de las que nadie se acordaba, están recibiendo su pedazo de la torta, demostrando que en el mercado, como en la vida, a veces los milagros ocurren.
La alegría se ha contagiado hasta a las monedas, con el won surcoreano y el rand sudafricano bailando como si no hubiera un mañana. El «indicador de miedo» está en su nivel más bajo desde febrero, lo que significa que el mercado está tan relajado como un gato durmiendo al sol. Claro que todos sabemos lo que pasa cuando uno está demasiado relajado en una fiesta: es justo el momento en que alguien decide que es buena idea encender fuegos artificiales dentro de la casa.





