Wall Street baila en una fiesta de inteligencia artificial, pero la música está a punto de parar

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Si siente que el mercado de valores de Estados Unidos está más inflado que el ego de un comentarista de fútbol, no está loco, solo está prestando atención. La bolsa vive en una burbuja tan evidente que hasta un niño con un alfiler se sentiría tentado. Todo el mundo está borracho de inteligencia artificial, invirtiendo miles de millones en una tecnología que promete cambiar el mundo, o al menos, hacer ricos a unos pocos antes de que todo explote. Y según los aguafiestas con corbata, la explosión podría llegar antes de que termine 2027.

La razón es simple: la borrachera de inversión en IA no puede durar para siempre. El crecimiento depende de cuánto *más* se invierte cada año, no del total. Llegará un punto en 2027 en que ya no habrá suficientes ingenieros, enchufes para conectar los servidores o chips para seguir acelerando el ritmo. Cuando la construcción de nuevos centros de datos se frene, las ganancias de los gigantes tecnológicos se estancarán y el castillo de naipes, construido sobre una mesa que cojea, comenzará a temblar.

Además, llegará el momento incómodo en que los inversores, con una resaca monumental, se pregunten: «¿Y toda esta plata para qué?». Las grandes empresas tecnológicas están gastando 5 billones de dólares en infraestructura de IA, pero generar los 2 billones anuales necesarios para que eso sea rentable suena más a ciencia ficción que a plan de negocios. Para colmo, en un giro digno de un comediante, los fabricantes de chips como Nvidia están financiando a sus propios clientes para que les compren. Es un círculo vicioso tan perfecto que solo puede terminar en un desastre espectacular.

Como si no fuera suficiente, pronto habrá más acciones a la venta que nunca. Una avalancha de nuevas empresas saldrá a la bolsa y los ejecutivos venderán sus propias acciones, inundando el mercado. Esto se combina con un entorno económico que da miedo: las tasas de interés están por las nubes y la deuda del gobierno es más grande que un problema de familia. La presión sobre las valoraciones es como tratar de inflar un globo que ya tiene varios parches.

Este ciclo de auge y caída no es nuevo; es la misma película que ya vimos con los ferrocarriles, internet y la crisis inmobiliaria de 2008. Al principio, la burbuja se alimenta a sí misma, todos se sienten genios y el dinero cae del cielo. Pero cuando la lógica se impone, el ciclo se invierte y la caída es brutal, arrastrando a todos los que no encontraron una silla a tiempo. La demanda se desploma, el crédito se seca y todos corren hacia la salida de emergencia al mismo tiempo.

Al final, la psicología de la burbuja la resume una frase célebre de 2007 del jefe de Citigroup: «mientras la música siga sonando, hay que levantarse y bailar». Todos en Wall Street saben que la música parará en cualquier momento, pero nadie quiere ser el primero en sentarse y dejar de ganar dinero. El problema es que cuando el mariachi finalmente guarde silencio, muchos se darán cuenta de que no solo se acabó la fiesta, sino que además les toca pagar la cuenta.

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