Los obreros yanquis pierden su rebanada del pastel y los jefes se la quedan entera

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Los trabajadores de Estados Unidos siguen viendo cómo su porción de la economía se reduce como un suéter en la secadora, mientras la productividad sube como espuma y los sueldos se quedan estancados. En el segundo trimestre la participación laboral cayó al 52.9 por ciento, el nivel más bajo desde que se mide este dato, allá por 1947, cuando hasta los abuelos todavía creían que el esfuerzo se pagaba con algo más que promesas.

Los dueños de las empresas y los accionistas se llevan la mayor tajada gracias a la automatización, la inteligencia artificial y la globalización, que mandan los empleos bien pagados a países lejanos. Es como si el patrón invitara a todos a la fiesta, pusiera la música y el tequila, pero al final se quedara con todo el botín y dejara a los invitados pagando el taxi.

Los ingresos semanales reales apenas se movieron en la primera mitad del año, aunque en junio rompieron una racha de descensos y alcanzaron el mejor nivel en seis años. Aun así, la tendencia sigue siendo la misma: más producción, menos reparto. Los sindicatos perdieron fuerza, las máquinas hacen el trabajo de tres y los trabajadores terminan contentos si les alcanza para la renta y un par de tacos sin guarnición.

Al final, el auge económico parece un reparto de herencia donde los hijos que sudaron reciben las sobras y el tío rico se queda con la casa, el coche y hasta el perro. Los obreros siguen empujando la carreta, pero el que cobra el viaje es otro.

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