Eli Lilly, la compañía que se ha vuelto más famosa que el pan con mantequilla gracias a sus medicamentos para bajar de peso, parece que se cansó de ser conocida solo por hacer que la gente entre en sus pantalones viejos. En medio de una aparente crisis existencial, la farmacéutica ha decidido demostrar que es más que una cara bonita en la báscula y que también puede ser una empresa seria, de esas que curan cosas complicadas.
Para lograr esta transformación de imagen, han sacado la chequera y la han vaciado sobre el escritorio de Merida Biosciences, una empresa de la que probablemente nadie había oído hablar hasta ayer. El precio de esta jugada es de hasta 2,880 millones de dólares, una cantidad de dinero con la que uno podría comprar una pequeña isla y declararse rey. Merida se especializa en desarrollar productos para que el sistema inmunitario deje de atacarse a sí mismo.
Pero aquí viene la parte divertida de este melodrama corporativo: el producto estrella de Merida, por el que Lilly está pagando una millonada, apenas está en la primerísima fase de pruebas. Esto es el equivalente a comprar un auto de lujo del que solo has visto un boceto dibujado en una servilleta. Es una apuesta tan arriesgada como tratar de armar un mueble de IKEA sin leer las instrucciones.
Lilly, que no tiene un pelo de tonta, no soltará toda la plata de un solo golpe. El acuerdo funciona como un sistema de recompensas para un niño: pagarán una parte ahora y el resto irá cayendo en cuotas si los científicos de Merida logran que sus experimentos cumplan lo que prometen y no terminen siendo un fracaso espectacular. Se espera que la compra se cierre a finales de año, justo a tiempo para la cena de Navidad.
Así que mientras el resto de los mortales contamos las monedas para el café, Eli Lilly está apostando miles de millones a una idea que apenas está en pañales. Una movida audaz para diversificar su negocio y dejar de ser el «rey de la dieta», o simplemente la compra más cara de un billete de lotería en la historia de la industria farmacéutica. El tiempo dirá si fue una genialidad o un capricho millonario.





