El dólar estadounidense, esa moneda que antes tenía más fuerza que café de carretera, se encamina a su segundo mes de capa caída. Parece que el billete verde ha decidido adoptar un estilo de vida más relajado, perdiendo un 0.9% de su valor en agosto, que se suma a la paliza del 1.3% que ya había recibido el mes anterior. Acumula más caídas este año que un borracho en una boda, registrando su peor racha desde febrero.
La culpa de este descalabro la tiene una idea brillante del Tesoro de Estados Unidos: acelerar la recompra de su propia deuda. Es una estrategia financiera tan lógica como intentar apagar un incendio con gasolina, o pagar la tarjeta de crédito con otra tarjeta de crédito. Al parecer, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, sorprendió a todos con este plan, provocando que los inversores extranjeros salieran corriendo como si hubieran visto al cobrador de Coppel.
Para añadir más comedia al asunto, tenemos un dúo dinámico que parece no ponerse de acuerdo ni para pedir una pizza. Por un lado, el jefe de la Reserva Federal, Kevin Warsh, sale a prometer que la inflación volverá al redil del 2%, un nivel que no se ve desde hace más de cinco años. Esto le dio al dólar un breve respiro, como cuando el jefe se va de vacaciones, pero la alegría duró menos que un puente festivo.
Casi inmediatamente, el secretario Bessent salió a recordar que su plan de intervención seguía en pie, echando por tierra el breve optimismo y afirmando que él y Warsh comparten la misma visión, pero probablemente leída en dos idiomas distintos y con los ojos cerrados. Los especuladores, que no tienen un pelo de tontos, redujeron sus apuestas a favor del dólar más rápido que político cambiando de partido.
Ahora, todo el mundo está con el alma en un hilo, esperando el último informe de empleo como si fuera el capítulo final de una telenovela. Si los datos son malos, la Reserva Federal podría pensárselo dos veces antes de subir las tasas. Si son buenos, pondrán a prueba la credibilidad de la Fed, que ya está más cuestionada que la promesa de “en cinco minutos llego”.





