Amazon, el gigante que sabe lo que compraste el verano pasado, ahora está en el banquillo de los acusados. La Comisión Federal de Comercio (FTC) y 22 estados de EE. UU. le han caído encima con una demanda, acusándolos de tener la mano más larga que un político en campaña. Al parecer, la empresa ha estado cobrando de más a los anunciantes durante años, inflando los precios de sus subastas de anuncios como si fueran un globo en fiesta infantil.
El truco, según la demanda, era un clásico de la casa. Desde 2019, Amazon presuntamente alteró en secreto los precios de sus productos publicitarios estrella, afectando a la friolera de 1.2 millones de clientes. Básicamente, cuando un vendedor pagaba para que su producto apareciera hasta en la sopa, Amazon supuestamente le subía la cuenta por debajo del agua, sin avisar. Una jugada maestra que ni el más astuto de los vendedores de tianguis se atrevería a hacer.
Por supuesto, Amazon ha salido a defenderse con la agilidad de un gato panza arriba. En un comunicado, la compañía asegura que todo es un gran malentendido y que la FTC simplemente no comprende el sofisticado arte de sus subastas. Afirman que su sistema prioriza la relevancia para los compradores, lo que, por pura caridad, mantiene los precios bajos. De hecho, sostienen que les han ahorrado a los anunciantes 8.000 millones de dólares en cinco años, lo que suena a que prácticamente les estaban pagando por anunciarse.
La defensa de Amazon es básicamente: «los anunciantes no se vieron perjudicados, solo son un poco lentos para entender cómo funciona esto y por eso pagaron de más». Una explicación tan convincente como la de un niño con la cara manchada de chocolate negando haberse comido el pastel. Mientras tanto, la FTC ha guardado un silencio que se podría cortar con un cuchillo, probablemente porque están ocupados imprimiendo la demanda en papel tamaño póster.
Este pleito es solo el último capítulo en la telenovela legal entre Amazon y el gobierno. La compañía ya tuvo que pagar 2.500 millones para resolver otra investigación sobre las suscripciones a Prime y tiene pendiente un juicio por monopolio que promete ser más entretenido que una final de fútbol. A este ritmo, la sala de juntas de Amazon va a tener más abogados que ingenieros, y su factura legal podría competir con el presupuesto de un país pequeño.





