El gobierno federal ejerció 5 billones 742 mil millones de pesos entre enero y julio, lo que representa un aumento de 3.5 por ciento frente al año pasado. Los ingresos apenas subieron 0.9 por ciento, por lo que el desbalance parece un restaurante que cobra más pero sirve porciones más chicas. Hacienda presumió mejores resultados fiscales que los programados, aunque en la práctica se gastó 438 mil millones menos de lo planeado.
El gasto programable, destinado a bienes y servicios para la población, alcanzó 4 billones 30 mil millones de pesos con un alza de 5.4 por ciento anual. Aun así quedó 294 mil millones por debajo de lo previsto, como si el presupuesto fuera una cuenta de banco que nadie se atreve a tocar del todo. Los ramos autónomos cayeron 13.5 por ciento mientras que los administrativos crecieron 8.8 por ciento y los generales 5.9 por ciento.
Los recursos para desarrollo social subieron 9.2 por ciento real anual, con aumentos notables en salud de 15.1 por ciento y en educación de 8.4 por ciento. El IMSS y el ISSSTE gastaron 9.1 por ciento más, pero Pemex y la CFE redujeron su ejercicio en 8.7 por ciento respecto al año anterior. El gasto no programable, sin contar deuda, avanzó 2.7 por ciento aunque terminó 29 mil millones por debajo de lo proyectado.
El costo financiero de la deuda bajó 4.9 por ciento anual y se ubicó 115 mil millones por debajo del programa gracias al peso fuerte y a la reestructuración de vencimientos. Al final los saldos fiscales mejoraron respecto a lo planeado, pero el subejercicio total sigue ahí como una propina que el mesero nunca cobra. El gobierno presume que prioriza el bienestar mientras deja cientos de miles de millones sin gastar, como quien invita a la fiesta pero se queda contando monedas en la puerta.





